jueves 31 de mayo de 2007

Los Ángeles. Venice Beach, un día de asueto

Hoy ha sido un día de descanso. Estoy en Los Ángeles, en Venice Beach, en un albergue pegando a la playa, 25$ por noche con tres chicos más. Todos surfistas. Aquí es lo que se lleva. Ha amanecido cubierto, como todos los días en el Pacífico, desayuno mejicano, con burrito incluido. Revisión de emails. Contestarlos. Preparar mis últimas rutas en los Estados. Me quedan 10 días: Las Vegas, en albergue con habitación individual, 46$; Flagstaff, a las puertas de Grand Canyon, 19$ habitación compartida. Quizá el Valle de la Muerte –desierto más abrasador que el infierno–, depende del precio de la excursión… y de las ganas. Sólo 10 días y ya seis semanas en ruta. Nunca había estado tanto tiempo fuera de casa… y lo que me queda. ¿Si la echo de menos? No. No me acuerdo de ella. Sé que está allí, esperando mi regreso, pero se lo dejé claro, iba para largo. Ella lo entendió. ella me es fiel. Y cuando vuelva me acogerá con el mismo cariño con que me ha tratado en los momentos difíciles, a pesar de no haberla cuidado hasta días antes de mi escapada. Igual que mis íntimos. Tampoco les añoro. Me miman a distancia. Velan por mi y lo noto. Estoy en otra historia y ellos también lo saben. ¿Qué si añoro algo? Sí, pero eso también lo añoraba tirado en el sofá de mi casa. Así que no es nada nuevo en mi vida.

Hoy toca relajarse, reflexionar o no pensar en nada. Ver tiendas en el paseo marítimo, el calor empieza a pegar en las horas altas del día y necesito con urgencia unos pantalones. Me aso vestido de negro. Y unas chanclas, pero todavía no me atrevo a desnudar mis pies. Sólo yo conozco ese momento. Ando mucho y las hawaianas no me ayudan. Hoy toca pasear, sentarse en las terrazas y disfrutar de la brisa y del olor a salitre. Y mirar. Tomo mis dos primeras cervezas del mediodía, y lo noto. Se me suben a la cabeza y me bailan las letras en las notas de mi cuaderno. Estoy un poco pedo y me fumaría un cigarrillo, a ser posible doble de lo normal. ¡Puto tabaco! Acabo de ver como un grupo de mejicanos cerveza en mano le echan, además de lima, sal. Les imitaré.

Dicen que este paseo marítimo es peligroso por la noche, no lo sé, pero por el día es un remanso de paz, un lugar para el disfrute. Gente en bici o patinando, los surferos a lo suyo esperando la ola, los afroamericanos también a lo suyo, el basket; unos latinos juegan al frontón, las abuelas con sombrero toman los primeros rayos del día, cerca de la estación de policía. Los musculosos endurecen su extremidades en la Muscle Beach, un gimnasio al aire libre. Más latinos, esta vez, caña en mano esperan que caiga algo en sus anzuelos. Una pareja se besa. Los más jóvenes hacen piruetas con sus tablas de skate. Todo muy veraniego. Los mendigos no cambian, esperan que caiga una moneda en sus redes, esta vez con sombrilla. Las dos "Coronas" hacen efecto, me tumban. Buena idea lo de la sal.

Estamos en junio, en El Pacífico, a la vista resulta feo, sucio. Está turbio, de tono verdoso. Y frío. Todo se debe a que está lleno de vida. En esta época del año las corrientes vienen cargadas de nutrientes, de placton, un festín para los que habitan estas aguas. La vida submarina está en plena ebullición. Hay muchos invitados, sardinas, atunes, tiburones, ballenas. Todos buscando el mejor bocado. Es el ciclo de la vida… y de la muerte. Unos viven para que otros mueran o al revés, no sé. Nadie se baña, o muy pocos, a pesar de que el calor exterior lo pudiera recomendar. A 15 grados centígrados no apetece. ¡Por favor, que dos chicas tan bonitas se acaban de sentar a mi lado! ¡Qué piernas! Pero las aguas calientes no llegan hasta mediados, finales de julio, que coincide con sus mejores colores. Sus aguas se tornan azules y trasparentes. Mientras tanto neopreno.

Llega la tarde, se levanta el aire. Frío. Son las corrientes del Oeste. La gente se recoge, los bancos se vacían, los puestos de venta a lo largo del paseo echan sus cerrojos. Los niños apuran sus últimos minutos. Los ciclistas devuelven sus bicis. Los surfistas portan sus tablas bajo el brazo. Los mendigos con sus carritos y su sombrilla buscan abrigo. Los alberguistas compran sus viandas y litros de cerveza para emborracharse en la sala del hotel. De fondo Red Hot Chili Peppers, Californication, su mejor disco. Gritos en inglés, alemán, francés, sueco, poco español, sólo el mío, pero yo callo. Yo escribo, eso sí, hoy, con tres cervezas.

miércoles 30 de mayo de 2007

¿La tierra prometida? ¡California!

Ya han pasado algunos días desde que abandoné Yosemite. Cambié la montaña por la costa. Destino: Monterey, que nadie la conoce y que tampoco es necesario conocerla. El trayecto me lleva por el interior. Topónimos en español por todos los lados. Lo llamaron la tierra prometida, hoy es el Estado Dorado. Y algo de verdad hay en ello. Por aquí ha pasado todo dios y no se han ido, al menos que les hayan echado

Estamos en California. Aunque descubierta a mediados del siglo XVI., esta región se la inventó un franciscano español, Fray Junípero Serra, que se vino desde mexico en 1768 con un ejército de vacas, cerdos, ovejas y semillas y arrimado a la costa del Pacífico fue creando misiones, según avanzaba hacia el Norte, que con el tiempo se convirtieron en ciudades (San Diego, Los Ángeles, San Francisco, Sacramento, entre otras) es decir el meollo de este Estado. Realmente un visionario. Pero por estas tierras ha pasado mucha gente, muchos pueblos. En 1822 paso a ser mejicano, en 1845 estadounidense, luego vino la fiebre del oro y se llenó de británicos, más tarde daneses y suizos, en 1872 con el ferrocarril hubo poblaciones que llegaron a tener el 10% de su población china. A finales del XIX los japoneses plantaron las fresas. Ya en el XX mejicanos, italianos, suecos, filipinos. Hasta sus propios compatriotas emigraron durante la Dust Bowl, la gran sequía de los años 30. ¿Quién falta?
Hoy de hecho sólo 60 % de la población es angloparlante, el 26 hispana y un 3 china, tagala o vietnamita. Es el Estado más poblado y creciendo. ¿Cómo será esto dentro de 50 años? ¿Dominarán los chinos?, ¿Será hispana? Difícil. Pero aquí los asiáticos tienes mucho que decir. Hay muchas parejas mixtas, tienen muchos negocios, los latinos trabajan para ellos y no al revés. No sé, esto es muy interesante para la política ficción.

Monterey, no olvides llevar a la familia
Esta población costera vive de la agricultura cercana, del ejército y del turismo que se concentra en un acuario edificado en lo que hace 40 años era parte de la industria conservera de la sardina, la famosa "Cannery Row en Monterey, California es un poema, una peste, un rechinar, una calidad de luz, un tono, un hábito, una nostalgia, un sueño" dijo Steinbeck. La sobreexplotación acabo en diez años con los caladeros. Y allí fui yo, al famoso acuario, (el resultado fotográfico en el concurso de niños , dos crónicas más abjo) con cientos de niños y cientos de padres. Resultado no vi nada o lo que pude ver fue tropezando con carritos, pisando a madres, evitando codos de niños que se giraban impresionados por ver una tiburón. En fin, eché de menos a Herodes y hubiese matado a más de un padre o una madre, con sus malditos carritos. Horroroso. Típica situación en que entran en conflicto los intereses de los no-padres con los padres. En el fondo si querían enseñar algo de biología marina a sus hijos no pueden escoger peor escenario y todo esto, además, en fin de semana. Monterey da para poco más, uno se puede dar un paseo por la bahía en bici, o puede visitar los restos reconstruidos de lo que fue la misión creada por los franciscanos.

Camino de Santa Bárbara me paré en Salinas, lugar donde nació John Steinbeck, como homenaje a mi amigo JAES, que el otro día habló de este premio Nóbel en su blog. Fue una parada corta, visita al Centro Museo, muy interactivo, como suelen ser este tipo de museos en los EEUU (también el acuario de Monterey), me compré su libro "La uvas de la ira" que cuenta las aventuras de un granjero que huye de la pobreza en Oklahoma camino de la Tierra Prometida, y continué viaje por La California central.
La tierra de esta región es rica y se nota, hay grandes plantaciones de fresas, espinacas, espárragos y mucho frutal. En el mercado semanal de granjeros en Santa Bárbara puedes encontrar albaricoques, cerezas, naranjas, pomelos. Todo made in California. Y es que este Estado, el mas rico de los EEUU y séptima potencia mundial si fuese independiente, tiene de todo. Industria en el Norte, Silicon Valley en la bahía de San Francisco, la industria cinematográfica en Los Ángeles. El mayor número, junto a Alaska, de parques nacionales de los EEUU, Bosques en el interior. Agricultura como una gran espina dorsal que la recorre. Grandes viñedos en el centro, Petróleo en sus costas.¿Alguien da más?

Santa Bárbara, la riviere francesa en el Pacífico
Hoy he tenido envidia de los jóvenes. Ha sido en Santa Bárbara, pueblo de la costa ya cercano a Los Ángeles. Su estructura central es tipo ciudad colonial española, división en cuadras con casas de paredes blancas y tejados rojizos. El aspecto global, alejándote ya del centro, es de una pueblo de la riviere francesa. Rico, hecho para jubilados, todo muy cuidado, ordenado, aceras anchas, comercios de lujo, flores ¡como olía el jazmín, por favor! y arboles rodeándolo todo. Una bahía preciosa, con paseo marítimo, palmeras y césped. Un destino caro, como me decía el imbécil que me atendió en el albergue. Además y ahí esta su punto juvenil tiene universidad. Cinco, para ser exactos. Pijos yanquis (primera vez que utilizo este término), muy rubios ellos y ellas, descapotables nuevos, ropas tono pastel. No podemos olvidar que nos acercamos a LA. En fin, lo más apropiado para mi.
Pero decía que hoy he tenido envidia de los jóvenes, y no precisamente de los anteriormente descritos, sino de la juventud en general. De su espíritu, de cómo se comportan, se reúnen, se conocen. Ha sido en el albergue, por la tarde, yo escribiendo y ellos divirtiéndose. Había alemanes, llegaban suizas, dos suecas miraban una peli, más alemanes con sus cervezas, unos canadienses viajando en furgoneta, un par de asiáticas, un par de rusas trabajando durante el verano en el albergue. Me he sentido viejo entre tanto veinteañero, tanto que me he ido a comprar un pizza y luego directamente a mi habitación.

lunes 28 de mayo de 2007

Sueños sin imágenes

Sueño panameño
Tuve que volver a Madrid por cuestiones que desconozco. De nuevo. Alguien me llamó. Alli me encontré con JFBA y con XX que le acompañaba. Anduvimos por La Castellana y alrededores. JFBA no paraba de preguntarme por mis necesidades, estaba empeñado en comprarme unas botas. Le argumenté que no las necesitaba, que las que llevo puestas son buenas. Impermeables. Las adquirí el año pasado antes de ir a Nicaragua. El insistía pero me mantuve firme. No las necesitaba, no quería cargar con más equipaje, aunque tuve dudas con una cámara de fotos, dado que la mía se iba a romper un poco más tarde. Les dejé. Me dirigí andando a mi casa de Gimbte (primera población donde residí en Alemania, a diez km de Münster) a través de un bosque tropical, cuesta abajo, siguiendo las vías del tranvía de San Francisco. En el trayecto me cruce con uno de pasajeros, otro de mercancías y un tercero de reparaciones. A mitad del recorrido vi que mi cámara de fotos estaba encima de una mesa camilla. La cogí en la mano y seguí mi descenso. De repente empezó a salir agua de uno de los objetivos, tenía dos como los primáticos. No entendía nada. Aquello no paraba de manar agua. Cuando tenía la sensación de que aquello iba a acabar agitaba la cámara para secar las últimas gotas y volvía a manar. Me desperté. Es absurdo, me dije.
Vuelvo a conciliar el sueño. Estoy en el aeropuerto para volver a retomar mi ruta. Veo a tres niños de unos siete años iguales, mismo corte de pelo, mismo polo azul, mismo pantalón corto beige. Sus padres les siguen. Me digo "mira trillizos". Sigo mi camino hacia la zona de embarque. Me los vuelvo a encontrar, pero esta vez se han unido al grupo cuatro niñas de unos cinco años. Exactamente iguales. Exacta melena rubia, lisa por debajo del hombro, exacto polo azul entallado y exacta falda color beige. Su madre permanece apoyada en el respaldo de un banco. Me dirijo a ella, "madre mía, cuántos hijos", "Sí y aquí llevo –me enseña una cajita redonda y trasparente– los otros cinco". En su interior efectivamente hay cinco bolas semitraslúcidas algo superiores a una canica. "Estos decidimos no tenerlos, pero siempre los llevamos con nosotros" me comenta. "Claro, son muchos gastos tantos hijos…" afirmo como si tuviese experiencia.
Aparece el marido. Me presento. Me dicen que son panameños y que viven en el XX, conocido barrio lujoso de de la capital. Es cierto no parecen pobres. Son blancos pero tostados por el sol. Su piel es fina, cuidada. Él, pelo castaño con flequillo en forma de visera, ella algo gordita, como buena latina bien situada, y cabello como sus hijas. Visten igual que sus cachorros. Polo azul, pantalón corto beige él, falda beige hasta la rodilla, ella. Les comento que mi vecina RR me ha dado la dirección de AR, expresidente de su país, mi miran con cara de circustancia y como de cierto de desprecio hacia el personaje y me dicen "ah, sí, vive en YY población de alto standing cercana a la capital"
Estamos a punto de despedirnos, les digo mi nombre y les pregunto por el suyo y si me dejan hacerles una foto. Se niegan, "no puedo" dice él con una espléndida sonrisa. "…¿Y una foto de espaldas? Tampoco. "¿Y de los niños? Tampoco. Esa fue nuestra despedida.

Las consecuencias de un beso en los morros
SEV (Seudónimo) se disculpó el otro día, me aclaró el malentendido y lo hizo con "un beso en los morros". Me lo comí. Ha tenido consecuencias. Nocturnas. SEV vino el sábado a eso de las tres de la tarde. No la esperaba. Quería verme. Habló de temas que me agotan y que nos atan. Le propuse dar un paseo por la ribera. Vivo en Madrid. Solo. A orilla del río Manzanares, mi casa es moderna, de arquitectura racionalista, con jardín frontal y vistas al paseo fluvial. Muy Vacouver. Es Vancouver. Salimos, nos desvestimos y caminamos desnudos. Su cuerpo es hermoso, pechos pequeños, fina cintura y nalgas de volver la mirada. Su cara preciosa, llena de misterio. Yo, con curvas donde antes había líneas. Anduvimos un buen rato, no recuerdo si hablamos o no. Me gustan los silencios, le dije. Me tomó de la mano. Al rato se paro, se puso ante mi, posó una mano sobe mi nuca, la otra en la mejilla y me atrajo hacia si. Acercó sus labios. Me besó. Sin vicio, suave pero con pasión. Sabe lo que hace. Ha besado ya a muchos hombres. Me asusté, pero no la rechacé, aunque me sientía bloqueado. Nos tumbamos en la hierba. Nuestros actos no pasan de las caricias y los besos. Mil imágenes recorren mi cerebro. Qué hago yo aquí. Ella tiene una vida estable. La mía casi siempre inestable. Ella tiene compañero, coche y casa. Yo no tengo nada y además estoy de viaje. Me levanto, me sigue. No hay reproches. Me sonríe y paso delicadamente mi mano abierta por su cara. Cierra los ojos y mantiene la sonrisa. Nos vamos. ya cerca de mi casa dos matrimonios cerca de los 60 se desnudan y nos sonrien a su paso. Seguimos desnudos.
Un despertador suena, mi vecino de litera salta. Son las 6.45. ¡Qué ha pasado! Estoy sudado, asustado. Me levanto, no puedo dormir. Voy al baño y tomo apuntes. Es la primera noche de calor después de dos frías. ¿Habrá sido eso? Me duermo

En traje de lino blanco
Me quería vestir elegante para la ocasión. El blanco me favorece y el lino, lo mejor para el verano. Así que salí de blanco, traje blanco, camisa blanca, sandalias blancas y sombrero blanco con una cinta negra. Me acerqué al puerto, directamente al muelle 39, al asiático, donde trajinan con sus pescados, verduras y donde se puede comer directamente en la calle. Yo era un habitual del 39. Fui directamente al puesto de Yu-Sang, una anciana vietnamita, fina, en los huesos, llena de hermosas arrugas. Su mirada siempre triste. Me recibe en cuclillas, en esa posición corporal que los occidentales nunca podemos tomar; me pregunto si alguna vez se habrá levantado, nunca la he visto de pie. No hablamos, ya no recuero la última vez. Casi no habla inglés u otra lengua, apenas si la he visto alguna vez mantener una conversación con alguien. Yo llego, me sonríe, me sirve lo que tiene, le pago y me voy. Es un acuerdo entre nosotros. Hoy sería la última vez. Sería la última persona que me vio. Horas más tarde un cuerpo con el estómago lleno flotaba sin vida en el muelle. Vestía de blanco, traje blanco, camisa blanca y sandalias blancas. Un sombrero blanco con una cinta negra no se alejó, seguía fiel a su propietario. Dieron las ocho y media. Tenía que levantarme, desayunar y hacer la maleta.

Monterey, un juego animal para los pequeños lectores

Como sé que tengo algunos pequeños lectores/as, que aunque no entienden todo lo que aquí se escribe, lo cual es muy normal, porque… ¡¡¡que rollo son las cosas de las que hablamos los mayores!!!, le he oido decir más de una vez a alguno de ellos. Pues por esa razón me he decidido a crear una página que seguro que les gusta.
Eso sí, requiere un poco de esfuerzo dado que como vereís ninguno de los animales que aparecen lleva nombre, entonces el juego a realizar es ponerle nombre a cada uno de ellos –hay uno especialmente importante, y es condición saber su nombre para seguir pudiendo participar– y enviármelo por email algún mes de estos.
Habrá premio para el primero/a que me envíe el mayor número de respuestas válidas. Como yo tengo el listado decada uno de los nombres de estos dulces y terribles bichos, será fácil saber quien es el ganador.
Para poder participar se ha de contar con menos de 14 años. Para daros una pista os envío la dirección del aquario en donde hice las fotos. Aunque creo que vais a necesitar consultar alguna página web más o alguna enciclopedia. Para cualquier pregunta, sugerencia, reclamación o lo que sea ya sabéis que existe en cada página la posibilidad de hacer algún comentario. Ese es también vuestro espacio, niños y niñas.

domingo 27 de mayo de 2007

Yosemine, por la senda de los gigantes

Salí temprano. No hay cafés en mi recorrido. Únicamente habitantes de la calle y los corredores de la mañana. Mi destino Yosemite. La montaña. Parque Nacional. Que eso por estas tierras es tan sagrado como la bandera. En SF, aunque parezca mentira no hay estación de tren, sino un servicio de autobuses que te llevan a casi 20 km para cogerlo allí. En Emeryville cojo el tren hasta Merced, y allí un autobús hasta Midpines, a 50 km de la razón de mi visita. Y llego al albergue a la americana, montado en la trasera de una pick up. Bien.

Yosemite, con la boca abierta
Pero para entender de lo que vamos a hablar hay dos formas de hacerlo, una, cogeros un trozo de plastilina, grande, extenderla: longitud 10 cm, con un ancho de 4 o 5 y un grosor aproximado de 2 y, esto es importante, pasad el dedo por medio, con fuerza, que se hunda, a lo largo y haciendo una pequeña curva. Bien, ¿ya está? Bueno, pues el surco que habeís creado es a lo bestia lo que ha hecho aquí la naturaleza para formar esta enorme "U" que se llama Yosemite. La otra solución, mucho más fácil, os vais directamente a Google Earth con los parámetros y las instrucciones que os doy en la ruta real y lo veréis con exactitud, no olvidéis mover el ratón para iros introduciendo en el valle. Ahora que lo habéis hecho os cuento que estáis en el "lugar de la boca abierta" según la lengua de los indios originarios, los Ahwahnee. Lo que ya no sé es si ellos lo denominaron así por la forma o por la propia expresión del ser humano al visionar la fuerza de la naturaleza al crear esas formas.

Árboles como gigantes. Porque decidme, qué cara se te puede poner cuando tienes antes tus ojos, cuando estás tocando un ser vivo que tiene 2.700 años de existencia y que sigue creciendo. ¿Decidme si sois capaces? Yo me lo quería comer , lo quería manosear, estrujar, algo imposible cuando tiene casi tres metros de diametro. No podéis entender la sensación de enanismo que te entra al ver semejantes mastodontes. Cuando observo las fotos y veo como se une a la tierra me imagino los pies de un gran monstruo, de un Troll gigante. Además sus raíces no son profundas, no, se extienden sobre la superficie y se juntan con las de otras secuoyas, que así se llaman estos árboles para apoyarse mutuamente. Os imagináis un arbol resistente al fuego, imposible de quemar, pues sí la secuoya. Las llamas no pueden con él. Es un gigante, que además insulta a los que le cortan porque su madera deja de tener fuerza y sólo sirve para palillos y menudeces. Les dice a los humanos, joderos porque mi muerte no os va a dar beneficio. Ha sido una muerte inútil. Ver arboleda Mariposa en Google Earth.

Un monstruo de roca. O que expresión manifestaríais al ver el mayor bloque de granito del mundo, una roca, una mole ante vuestros ojos, desnuda, imponente, dominando con su fuerza todo lo que le rodea. Yo grité y extendí mis brazos, sintiéndome un salvaje más. Quise, por unos momentos volar. Me gusta la naturaleza, me excita de hecho. El desierto, los glaciares, las tierras desgarradas del Puno, la Selva, un río helado con un trailer encima son sensaciones muy fuertes, amigos. Es la Naturaleza extrema. Dentro de mi siento un fuego que no sé reprimir y me da por saltar o extender los brazos, o gritar, o hacer cualquier tipo de locura que exprese placer, dado que no puedo tener un orgasmo, pero la sensación lo juro que es similar. Ver Capitán y Glacier Point en GE.

El rugido seductor. He visto a poca distancia la quinta mayor catarata del mundo (Yosemite fall) y he estado a pocos metros de otra igualmente impresionante, la Vernal Fall. En Venezuela veré la primera, el Salto del Ángel y no sé lo que sentiré en ese caso, pero yo, que odio el agua fría me he dejado mojar por su espuma, por esa cortina de agua que provoca la fuerza con la que choca contra el suelo. Es su derecho. Es su terreno, porque no somos nadie para decirle déjame en paz. No, aquí no. Aquí lo admites o te vas. Además esas gotas que te van mojando posees un elixir que te va seduciendo y si no prestas atención te pueden llevar hasta su centro, hasta la muerte. Es un canto de sirenas. Las cataratas también hablan, lo suyo es más bien un rugido constante, un grito sin pausa. Ver Yosemite fall y Vernal fall en GE.
En fin, que tenéis a vuestra disposición 1.300 km de caminos para perderos. No vayais nunca en verano dado que recibe unos cuatro millones visitantes. Además las cataratas dejan de rugir en esa época del año: se han quedado sin agua. Lo mejor la primavera y el otoño.

El color del caribe en la Sierra californiana
Como siempre al llegar a un albergue hay que esperar hasta que te den la cama, así que me fui al bar y allí me encontré con dos jóvenes dominicanos que se ofrecieron a echarme una mano en todo lo del inglés. Aritza y Michael. Acababan de llegar y tenían permiso de trabajo para cuatro meses. Michael, positivo, estaba feliz, su inglés de nivel bajo pero con soltura y mucha alegría. Apenas 20 años y estudiante en su país. Venía de cocinero y ha empezado de friegaplatos. No le importa, a fregar le enseñó su madre.

Pero Aritza no es feliz, Aritza es casi una niña, 18 años y la primera vez que sale de casa; y pasadas unas horas en ese albergue, apartado del mundo, rompe a llorar. Ella, que tenía que estar en Nueva York; ella, que quiere comerse el mundo; ella, que se reía de sus amigas por los destinos cutres que les habían tocado. Ella, estaba allí, en un albergue de montaña haciendo camas, apartada del mundo, perdida. Lloraba desconsolada, llamaba ente lagrimones a su mamá en Santo Domingo, a su hermana en NY. "Me quiero ir" pregonaba a todo el mundo. Yo intentaba consolarla, "dos meses pasan en seguida", los otros dos restantes sí que los pasaría en NY. A ella le daba igual, un día más allí le parecía la eternidad. Se consolaba por la noche leyendo la biblia, "A lo mejor Dios me ayuda" decía. Era una Biblia, pequeña, la más pequeña que he visto, ni con gafas conseguía yo leer una letra, pero ella sí, e incluso la comentaba con Michael, también muy devoto.

Aritza no sabe cuántos hermanos tiene
Le pregunté por su familia, por el número de hermanos y me respondió "muchos, no sé cuántos, depende si hablas de mi mamá o de mi papá" . Perdona, no entiendo, Me explicó, en cas de mi mamá tengo dos, pero mi papá trabajaba en una cervezera como representante y allí por donde pasaba dejaba algún hijo, ahora vive en Puerto Rico y creo que allí tengo dos hermanos más, con lo cual no sé exactamente cuántos hay por La República Dominicana. Algunos viven en los Estados Unidos y a muchos no les conozco. Historias de El Caribe.

Elfie, tan alemana, ha encontrado su hogar
La conocí el segundo día de mi estancia. Fue por la mañana, al montarnos en un minibús para la excursión a Yosemite. Me preguntó mi nacionalidad y yo la suya. Alemana. Wie schön! Qué maravilla, le respondí. Me miró extrañada. Se lo expliqué. De golpe, sin miedo, sin pausa. Cinco días sin hablar con nadie es mucho. Me entendió. Ella pasó lo mismo en SF. A Elfie, como buena alemana, le gusta California, de hecho es un de los destinos preferidos por ese pueblo, y no sólo por sus ciudades, sino por sus bosques, su paisaje. Es feliz allí: wie schön, repite constantemente, tan alemana! No quiere irse. Otro joven alemán que también está con nosotros y que lleva un año viajando afirma que allí donde se pueda caminar encontrarás un alemán y no le falta razón. A Elfie le delata su acento a pesar de llevar viviendo casi 20 años en Berlín, es bávara y por ello pronuncía mi nombre mejor que el resto de sus conciudadanos. Hay comunicación. Nos entendemos. Nos necesitábamos. No paramos de hablar. Yo soy feliz, ella parece serlo.
Elfie viaja sola, trabaja de redactora de páginas web y se ha tomado un descanso de tres meses para recorrer unos cuantos países de América. No tiene destinos fijos. Es una mujer viajada, ha visto ya mundo y por lo que parece, no habla de temas personales, siempre sola. Es joven, aunque mayor que yo, desconfiada y con mirada fría. Esos ojos los conozco, los he visto antes. Muchas veces, pero no les temo. Guardan las distancias pero buscan cercanía. Su tipo, como buena alemana a esa edad, es hermoso todavía. Saben cuidarse, no se puede negar, y ella más si cabe, no bebe, no fuma, no come carne. Demasiados noes para un pecador como yo. Un beso, Elfie, para cuando me leas.

Escribo desde Monterey, pero lo aquí ocurrido, nada especial lo dejo para otro día.

miércoles 23 de mayo de 2007

SF. La materia de la que están hechas las cosas

"If you're going to San Francisco,
be sure to wear some flowers in your hair...
If you're going to San Francisco,
Summertime will be a love-in there"
San Francisco (Be Sure to Wear Flowers in Your Hair)"
John Philips, The Mamas & The Papas


100.000 jóvenes, hombres y mujeres, tomaron las calles acabado el curso escolar. Todos venían bajo una consigna: "Sí vas a SF, estate seguro de llevar una flor en el pelo". Ya desde Semana Santa empezaron a venir "los niños flor" eran las primeras gotas de lo que luego fue una tormenta de gente. Tomaron el distrito de la Haight Street y el parque limítrofe, el Golden Gate Park. Vagaban arriba y abajo, no buscaban nada, pero anhelaban un mundo nuevo. Había un éxtasis colectivo. La consigna había sido proclamada en enero de ese año, 1967, durante un acto contracultural denominado Human be-in, donde se buscaba la vida en comuna, la conciencia ecologista y la expansión del conocimiento, todo regado con las ideas del movimiento hippie, las teorías de la generación beat y de los jazz hipster, y al ritmo de The Grateful Dead y Jefferson Airplane, entre otros. Ah, y no olvidemos un alucinógeno que tuvo en el 66 su gran explosión y su defunción, traducido en la prohibición de octubre de ese año, el LSD, los "tripis". Toda esta mezcla provocó hace ahora 40 años lo que se denominó "Summer of Love", el verano del amor. Unas semanas después, en Monterey, a 188 km, tuvo lugar el primer festival rock de la historia. 200.000 lo escucharon. California se convertiría en la capital mundial de la música.

El arquetipo americano
Fue un festival, fue una concentración hippie, qué fue, fue … "la materia de la que están hechas las cosas" titulaba el San Francisco Chronicle en su edición del pasado domingo –y tres días más– un gran reportaje sobre aquel verano florido. "En el momento en el que aquel verano legendario del amor golpeara San Francisco hace 40 años, la fiesta estaba ya en Haight-Ashbury, (nombre proveniente de la intersección de esas dos calles)" y continua afirmando que "con todo la mitología de ese verano en 1967 nunca ha desaparecido. El hippie de San Francisco, bailando en Golden Gate Park con el pelo largo floreado, ha hecho tanto por el arquetipo americano como los pistoleros y los vaqueros que vagaron por el oeste salvaje. Más importante todavía, la ascensión de la contracultura de los años 60 ha tenido un impacto significativo en nuestra cultura hoy. El verano del amor resuena en las clases de yoga, en la música pop, en el arte visual, (…) en las actitudes hacia las drogas, la revolución del ordenador personal, y en la loca huida actual hacia el conciencia ecológica de América."

Todo esto forma parte de esta ciudad, tanto o más que el barrio chino, el puente o su bahía. De todo eso no queda nada tangible, real, permanece el mito, las consecuencias y un par de comercios para usuarios de marihuana, bonitas tiendas de ropa y restaurantes económicos, … y turistas, o viajeros como yo, que vamos a oler lo que allí pasó y que nos vestimos de color a la espera de encontrar flores y nos damos cuenta de que hacemos el mayor de los ridículos porque toda la fauna que descansa, que se coloca en el Golden Gate Park viste de negro. Verde y negro son los colores de ese jardín. Verde la hierba y negra la ropa de sus habituales. Para un día que dejo mi vestuario azabache en casa, meto la pata y me siento observado como una rara avis. Pero ha valido la pena.

Traspaso de frontera
Diría más, ha sido un gran acierto porque he roto un tabú interior que me estaba persiguiendo desde hace un par de años: he entrado a una tienda de ropa y no me ha comido nadie. Sí, lo que ois, me he comprado dos camisas guapísimas, verano look. Me hubiese comprado media pañería. Nada de negro. He entrado sudando, angustiado, como me suele ocurrir cada vez que penetro una boutique, zapatería o similar, pero he salido sano y salvo con dos trapos que van a crear sensación de aquí a la eternidad. Y no ha acabado todo ahí, también he preguntado, en una zapatería, por unas sandalias, preciosas, hechas para mis pies, y para los ojos de otros, pero eran demasiado caras. No importa, encontraré otras. El tabú está roto. Sólo me quedan unos pantalones, que eso sí que me acojona, los más nuevos que llevo puestos tienen ya cuatro años, mi último intento fue éste último otoño, visité como una docena de tiendas, y empujado; a la tercera ya me hubiese ido a casa corriendo. Fue tal el estrés que me produjo, que me tuve que meter a la cama. Ya sé que suena increíble, que nadie se lo puede imaginar pero es real. Lo prometo. Tengo testigos.

Lo mejor de San Francisco 2007
Parece ser que hoy la cosa va de prensa. La revista semanal de ocio sfweekly saca todos los años por estas fechas su particular anuario de lo mejor de SF, lo divide en cuatro secciones (gente y lugares, deporte y recreo, tiendas y servicios, comer y beber, y por último arte y entretenimiento) y entre esas categorías entra por ejemplo el mejor lugar para jugar a ping pong, o el mejor para hacer el amor al aire libre, o dónde leer un diario deportivo o un masaje en diez minutos, sin olvidar el mejor sushi o el mejor burrito, pero para mi lo más interesante no es si este lugar o ese otro, sino otras dos cosas: primero la concepción de este especial en blanco y negro en la cual no hay ni un sólo sitio que aparezca en las guías ni en los folletos dedicados al turismo y segundo la absoluta independencia respecto a la publicidad, que hay mucha, y que aparece a todo lo largo de la publicación.
Mi pregunta es, qué es lo mejor de una ciudad lo qué viven sus ciudadanos o lo que tenemos que ver los turistas, Es posible unir esos dos elementos. No tengo respuesta porque cuando viajo me interesa tanto el puente de Golden Gate como saber la distribución del mobiliario en sus casas. Me ha encantado montar en esos preciosos funiculares de principios del siglo 20 pero me hubiese excitado mucho más saber por qué el cuerpo de bomberos es una fuerza tan dominante que aparece en cualquier momento y ante cualquier situación haciendo sombra a la policía y a las ambulancias. ¿Qué policía, dónde está la policía? He visto museos, he recorrido calles emblemáticas, he visitado parques, puertos, he paseado en bicicleta, donde hay turistas y donde no, me he colado en la exposición de fin de curso de la Escuela de Artes de SF, he asisitido a un concierto al aire libre, me he mezclado cn los gays, pero me he quedado frío, ajeno y han sido cinco días muy tristes. Demasiado. No he disfrutado una ciudad que tiene de todo… Me han quedado muchas respuestas por conocer. He leído todos los días el periódico, pero hay cuestiones que sólo se entienden cuando existe una comunicación, una comunicación verbal. Y más en primavera cuando todo huele a salir de casa, cuando las gentes toman las calles y tú (yo) no tienes con quien hablar. Hay gente que no lo ha entendido, como una lectora, ¿amiga?, SEU (seudónimo), que se ha molestado porque no he contestado raudo y veloz a un email con música que me había enviado. Sin entender que no podía contestar, que además sus canciones, preciosas e intimistas, Cat Power, aún me hundían más en mis estado "Hopper". Le he prometido respuesta, pero por ahora me ha castigado… Bueno, que me despisto.

La segunda cuestión que me ha gustado del semanario, teniendo en cuenta de donde vengo, el mundo de la prensa y la comunicación, es la independencia de criterio a la hora de hacer esa evaluación. Lo mejor… son cosas pequeñas, cercanas al ciudadano y distantes con esa ley no escrita en prensa de "hablo de tu local y me pones un anuncio" ¡Que puta mierda es esa! Sin criterio alguno. Humo, puro humo. De verdad es qué no es posible hablar de las cosas de la vida sin estar pendientes de que te pongan un anuncio. Yo creo que sí, y el sfweekly me lo demuestra. Si vendemos independencia vendemos calidad, y si está bien facturado, bien envuelto tendrá resonancia y eso traerá la publicidad. ¡¿Es tan difícil de entender?! Cómo nos podemos creer cuando hablamos de una escuela de idiomas, de unos pantalones o de un coche cuando tres páginas más adelante está el anuncio a toda página de "¡cómpreme!" Yo personalmente no me creo nada y cada día menos. Así me va.

Quisiera volver a SF, pero no así, no sólo. Me ha quedado una cuenta pendiente con esa ciudad. No ha sido su culpa, ella es hermosa, seductora y pícara; inteligente y devota con la creatividad, y parece buena, no se ve violencia ni agresividad que destaque ¿policiá, dónde está la policía?, aunque muchos de sus hijos vivan y duerman en la calle. Eso sí, nunca podré vivir en ella, hay un elemento superior a mis fuerzas, que entra en la bahía por el puente y que me hace perder los nervios, me vuelve loco. El viento. Un aire que según va avanzando el día va aumentando su presencia y que se va metiendo en la ciudad y dominándolo todo. Pero ese es mi problema: el viento y yo no somos buenos amigos.

martes 22 de mayo de 2007

San Francisco, la puerta dorada de occidente

Entré mal. El autobús me dejó en Market Street. Puro centro. Anduve unos metros hasta mi hotel y a los mendigos había casi que saltarlos para avanzar. Mal rollo. Llegué al hotel. Entre la sexta y la séptima avenida. Antiguo. Vende "el charme de un viejo hotel europeo". Que puedo esperar si he pagado 46$ por internet, aunque en recepción pone 80. Ningún hotel de esta ciudad baja de esa cantidad. Check in. Subo, entro. Me siento como un cuadro de Hopper, en soledad, resignado, aislado: muy bonito de ver, muy duro de vivir. Ducha. Correos. Calle. ¿Dónde estoy?" Borrachos, mendigos, locos Crackeros. Negros, blancos, asiáticos. A decenas. No es broma.
Según un empleado del hotel, italiano de nacimiento, con "31 años y medio en cada pierna" y que llego a los 19 a esta ciudad antes no era así, antes los policías eran los irlandeses y los italianos los delincuentes y cada uno sabía su papel, había respeto, "ahora todo es basura socialista". "No quieren trabajar, todos ellos han nacido aquí, no veras a un mejicano o a un vietnamita tirado como estos cabrones" afirma sin cortarse.

¿Quién vive aquí? Una ciudad cosmopolita
Gente, mucha gente, así son las calles de SF, siempre llenas y es que es la ciudad de EEUU. con mayor densidad de población después de Nueva York, pero sólo el 55% son realmente "blancos occidentales" el resto es un crisol de nacionalidades siendo la más numerosa la china con casi un 18%, seguida de la hispana con un 12%, el resto muy repartido. Estos datos deben imprimir un carácter muy especial a una ciudad que una estancia de cinco días difícilmente puede descubrir. Si además añadimos que es un destino turístico por excelencia provoca que sus calles posean un gran colorido. Siempre hay algo, siempre pasa algo.

¿Dónde están los yanquis?
A los españoles en general nos domina un gran sentimiento antinorteamericano, hablamos de los yanquis con desprecio, influenciados evidentemente por el poder de este coloso, por las barbaridades de sus mandatarios y por el tipo de americano que aterriza en nuestras ciudades y playas. Los identificamos a distancia: esa cara de bobalicones, bastante horteras vistiendo, con pantalones cortos a cuadros y su eterna gorra de béisbol. Y claro nos equivocamos, porque llevo dos semanas en los Estados y no los veo, no los encuentro. Sí, alguno se distingue entre tantos. Los hay, los he visto pero sobretodo lo que he visto es americanos (estadounidenses, ya lo sé, pero es tan larga) de a pie, de pelo largo y corto, con sus vaqueros y camisetas como tú o yo, horteras y elegantes. Gente a la que amarías u odiarías cada día que sales a trabajar en tu ciudad. Por eso es bueno viajar, porque se diluyen exponencialmente los prejuicios que tenemos sobre otros pueblos. No he conocido a nadie, lamentablemente. Todo lo opino por observación: la perspectiva del mirón, pero sé que ha habido mucha gente que hubiese deseado hablar, saludar e incluso besar.
En muchos momento sé que estoy en los EEUU porque hay alguna, muchas, banderas que me lo recuerdan, de lo contrario podría dar la sensación de que estoy en cualquier otro lugar maravilloso del planeta. Es como si cuando viajan los españoles en grupo y casualmente ese grupo son ellas con mechones y ellos con castellanos pudieran pensar los habitantes de los países visitados que el resto de los españoles somos iguales. Pues no. Gran error. Sé que esto es muy simple y que hay dos mil pequeñas cosas que nos dicen que nos informan que estoy en el Imperio, pero creo que se entiende lo que quiero decir.

Y la coca cola, qué
Pues lo mismo, casi no la veo, quizás en otros Estados sea diferente, no lo sé. La Pepsi,sí, pero también menos de lo que uno pudiese imaginar. La gente bebe litros de café y té. Limonadas, cerveza y aquí en California vino (lo del alcohol es un tema que no acabo de entender, en cada Estado hay una normativa diferente respecto a las restricciones. En California, más aperturista, únicamente no dejan beber a los menores de 21 años. Más de un vez me han pedido el carnet (I.D) para demostrar mi edad, ¡con mis canas y arrugas!

Y las hamburguesas?
Las hay, palabra y los fish & chips, pero no creo que haya lugar en el mundo (y hablo por Vancouver, Seattle, Portland y aquí) donde haya tantos restaurantes japoneses, chinos o mejicanos. Siempre están llenos. Aquí se come de todo, pescado, marisco, cerdo, pollo y vacuno. Más que los reyes del fast food, son los reyes en la creación de conceptos para la exportación. porque… qué es comerse un bocata más que la versión clásica española de la comida rápida, es decir, fast food.

Muchas ciudades en una
San Francisco, Frisco, para los amigos, es bonita. Hay cosas que ver, mucho que ver, (una de las razones, ha habido otras también, de mi retraso en las entregas ha sido pensar que no daba a basto con todo) te puedes tirar una semana tranquilamente sin parar de hacer cosas. Portland, a pesar de lo que me gustó, es una etapa intermedia, para no hacer nada, descansar y mirar. Aquí no, aquí el cuerpo te pide ir de un sitio a otro. Caminar, subir una colina, bajar otra colina –cuarenta, me comenta una lectora–, coger el tranvía, darte un paseo en bici por los kilómetros de parques que posee o realizar una escapada a los alrededores, puro lujo. Tiene museos–el SFMOMA (Museum of Modern Art of San Francisco), un buen cofre con magníficas joyas en su interior–, tiene una buena escuela de diseño, tiene muchos barrios con sus particularidades, chino, italiano, gay, hippie, yuppi, de todo, con una caracteristica común la belleza de sus casas, a cada cual más bonita, a cada cual más cuidada, las "painted ladies" las llaman a estas pequeñas mansiones de estilo victoriano levantadas, no hay que olvidarlo, por obreros irlandeses en los años 30. Y el puente del Golden Gate, verdadera puerta al Oeste de la bahía de SF. Lo domina todo y lo cuidan como a un niño pequeño: Es majestuoso a la par de sencillo, no tiene ninguna complicación pero eso mismo lo hace esbelto: pura ingeniería, pura belleza como a mi me gusta.

Mañana o pasado: El verano del amor. La materia de la que están hechos los mitos

sábado 19 de mayo de 2007

Camino de San Francisco: indocumentados, pochos y chicanos

Carromatos del XIX para trenes del XXI

Llegué pronto a la estación, quería hacer algunas fotos para un futuro reportaje. Les vi como bajaban de una furgoneta 12 o 15 bultos. Se van de vacaciones a su país, pensé yo. Me equivoqué. Habían ido a visitar durante quince días a un hermano de él con problemas, me comentaron más tarde. Estaban papá, mamá y dos niños, ella y él. Otro hombre les acompañaba, luego se marchó. Facturaron todo su equipaje salvo dos o tres bolsas de mano. El destino les puso detrás mío en la cola para el embarque al tren , en EEUU los acompañantes no pueden acceder a los andenes, es como en las pelis. No podían negar su procedencia: piel de chocolate, pelo liso azabache, poca estatura, cuellicortos y cuerpo recio. De México, del Sur; de Oaxaca, me dijeron más tarde. Unas sonrisas y unas fotos a los niños fue el primer contacto. Era mi cebo.
El segundo, preguntarme ellos si yo, ¡yo!, podía ayudarles con el inglés dado que no se manejaban muy bien. Pues yo tampoco, fue mi respuesta. Pero tranquilos que en tierra no nos quedamos, concluí. Montarse, tomar asiento. Visita del revisor, anuncio de cambio de tren por rotura en la siguiente estación. Bajarse, esperar. Nuevo tren. Tomar asiento. Voy en tercera clase en un tren nocturno, pero como de primera en mi país, pensé yo. Me acomodo y viene el papá a preguntarme cómo estoy y enseñarme la excelencias del tren. Y las tiene. Nos reunimos con toda la familia en un vagón con asientos enfrentados, mesa por medio y techo acristalado. Una gozada para admirar el paisaje o perder la mirada. Primeras palabras y presentaciones, Ángel él, Johana ella, los niños Jaqueline y Ángel.

Una historia de todos los días
Rondan los 30, él lleva nueve años en los Estados y no le entra el inglés, ella dos periodos de 3 y se maneja mejor. Sus hijos han nacido aquí, 5 y 3 años respectivamente, son pochos. Viven en San José, al sur de San Francisco, Ángel chambea de mesero y asando pollos, Johana se ocupa de los niños, "son pequeños y con lo mío llega para alimentarlos, quizá más adelante cuando sean grandes… ella me ayude" asevera Ángel. Les pregunto que significa exactamente chicano, si es un término despectivo hacia los mejicanos residentes en los Estados. Y se explayan. Son indocumentados, que no ilegales. Es un mojado, y él ha pagado con la cárcel su ilegalidad "unos días sólo, pero mejor eso que pagar 4 o 5 mil dólares, ¡de dónde los saco!", afirma. El ser indocumentado no significa que te puedan echar, por ahora, eso ocurre con los ilegales, pero te limita muchos derechos, a la educación, por ejemplo, a subvenciones y en California no te dan licencia (de conducir), "aunque yo manejo, con mucho cuidado y pendiente de la radio para saber donde están los retenes (controles), aunque a Los Ángeles u otros lugares no me atrevo a ir", pero, ¿eso es peligroso? Ya, pero si no cómo llego al trabajo…
A sus hijos se les denomina pochos, es decir, hijos de indocumentados. Y siempre serán pochos, aunque algún día sus padres sean documentados, y sólo los hijos de sus hijos alcanzarán la categoría de chicanos. Un lujo al que en la actualidad más de 10 millones de indocumentados nunca podrá llegar. El, ellos, no obstante, son felices: "los Estados es el país de las oportunidades, unos más, si aprenden inglés y otros menos" y se da un coscorrón en la cabeza. "Con el inglés podría regresar a México y trabajar en el turismo con los gabachos (guiris) Ya se va echando la noche, es hora de cenar, Ángel, el pequeño se cae de sueño, Jaqueline no ha parado de tontear conmigo. Johana ha permanecido en silencio durante casi toda la conversación, se ha limitado a aseverar con sonrisa y movimiento de cabeza todas las palabras de su marido. Ángel sólo me ha hecho dos preguntas: posibilidades de trabajo en España y… cómo es Marruecos, maravillado, sin saber absolutamente nada de él. Lo había visto mencionar en una novela (telenovela).

Hoy he escrito a María
Y posiblemente sea la última carta que escriba en todo mi trayecto. Pero se lo prometí y he cumplido mi palabra. MPS me ha estado cuidando, velando, por mi salud durante todo el mes anterior a mi partida. Ella y su jefa. MPS es menuda, con su voz pausada, transmite paz; me encantaba seguir sus pasos cuando por los pasillos íbamos de una sala a otra. Ella no anda, con sus deportivas parecía que se deslizaba, sus pasos son cortos, sin prisas: son como su voz. Y eso que mucha gente la estaba esperando. No perdía la calma cuando yo no hacía algo bien. Y me contagiaba. Me pedía que dejase de fumar. Cada lunes y jueves nos veíamos, un ratito, y me repetía "¿Lo has dejado ya?" No, pero te prometo que en cuanto inicie el viaje lo hago. Ella no respondía y me miraba sin saber si creerme. Y así ha sido, llevo un mes sin fumar, salvo un día, que también se lo he contado en la postal. Fue el día que en Whitehorse decidí comprarme el portátil, volar a Inuvik y sacar el billete para Vancouver. Muchas decisiones para una mañana. Tuve que pedir un cigarro, me hubiese fumado 20, pero sólo se quedó en uno. Lo que no le he contado a M es que sigo siendo fumador, que persigo el humo que otros exhalan, que mis ojos detectan un cigarrillo haya donde alcanza mi vista. que todos los días me muero por un pitillo, por unas caladas. Aunque se lo prometí a M y he cumplido mi palabra, persigo las colillas de las aceras. Aún no me he agachado, pero no prometo nada.. M ha sido mi enfermera.

La vía pública, el gran cenicero
En Norteamérica, EEUU y Canadá, está absolutamente prohibido fumar en todos los lugares cerrados, e incluso a menos de tres metros de los accesos de muchos edificios. La señal de no fumar es la más extendida de las que haya podido ver. Lo domina todo. Da igual bares, discotecas o restaurantes, incluso terrazas, para que decir de lugares de trabajo. Se salvan algunas habitaciones en muy pocos hoteles. Y evidentemente eso ayuda a alguien que quiere dejar de fumar, no lo hueles, no lo ves y parece que se te olvida. pero ir por la calle es un sufrimiento porque todo el humo se concentra en la vía pública y yo como viajero me he vuelto un gran caminante y un fumador sin tabaco.

Sueños 6. Inuvik y Paraná un mismo lugar
He vuelto a Inuvik. Esta vez me acompañaba una mujer. Hemos ido en un ford fiesta. Mi pueblo del Norte había reducido su tamaño, había menos casas, más desperdigadas. Su río, ahora descongelado, también había disminuido y cortaba en dos al pueblo. Yo charlaba con tres niños junto al puente. Dos en edad de hablar, el tercero sólo de balbucear. Cada uno de ello me ha hecho la misma pregunta: "Qué vas a hacer ahora" "Quería dar un paseo" les he respondido a los dos. Vi una expresión de disgusto en sus rostros, el tercer niño iba a su ritmo. "Qué os pasa?" les pregunté. Queríamos enseñarte nuestra casa, pues vayamos, eso me parece más emocionante.. Volvieron a sonreir. La pequeña me dio la mano y nos encaminamos a su casa. Estaba excitado por ver una casa inuvika, saber su distribución, sus objetos cotidianos, sus costumbres, por descubrir esas cosas que sólo existen en casa: su intimidad. LLegamos y nos descalzamos, me chocó el suelo de la entrada, era de terrazo, azul, qué raro, me dije, aquí debería haber madera o moqueta mucho más acorde con estas latitudes, los suelos de piedra pertenecen al Sur, a climas templados. Ya en el salón efectivamente era de madera. Los peques me enseñaron su hogar con nerviosismo. Volvimos al salón donde otra mujer anónima conversaba con la que a mi me había acompañado. No me dijo su nombre, pero me dijo que el destino la había puesto allí. Era de tez morena, media melena rizada y gruesos labios. Procedía de Paraná, Ya, pero Paraná está enclavado en diferentes países, a cuál de ellos. No sabía decirme… o no quería. Le pregunté de nuevo y se hizo la sorda, le entró prisa y dijo que tenía que marcharse, que ya había concluido allí su misión. Qué misión. Silencio. A dónde vas. A Paraná, me respondió. Me desperté.
Paraná es un estado de Brasil, fronterizo con Paraguay y Argentina. A su vez es un río que riega los tres países antes mencionados

Hubo otro sueño que no pienso contar por desagradable y entristecedor, pero que resumo. La escena es dentro de una campana de aislamiento tras un desastre nuclear. Todo el exterior abrasado y yo encerrado con mi redacción, planteándo a mi director sus tropelías conmigo en un diálogo de sordos. Todos me miraban sabiéndome perdedor. No se equivocaban, encerrado siempre pierdo.

El aprendiz de lobo y el dentista español jubilado
Mi amiga azuvil, que es una fiera buscando información en la red, me envió el otro día el link en donde el aprendiz de lobo escribe sus aventuras alrededor del mundo, entre ellas la jornada que vivimos juntos camino de Whitehorse. Aunque el data todas las fotos en esa ciudad ninguna pertenece a esa población sino al camino en si mismo. Además el lobo confunde la "d" de diseñador con la dentista y lo de jubilado de verdad no sé de donde se lo saca. ¡En fin, un cielo ese aprendiz! El que corre en la foto soy yo para hacer la foto del cartel de "Destruction Bay" que ya visteis cuando hable de ese viaje.

miércoles 16 de mayo de 2007

Portland 2. La vida en la calle y no es el Mediterraneo

29 grados a la sombra. Ya es verano en Portland. "Demasiado calor para esta época del año" me dicen. Lo creo, estamos todavía demasiado al Norte para unas temperaturas tan altas. Pero como viajero lo agradeces, te puedes sentar fuera y ver a la gente pasar. Dicho y hecho. Me había levantado tarde, ayer fue un día duro, dejé restos de mis suelas por toda la ciudad y hoy tocaba relax. Para mi el verano es algo más que calor, es color, significa abandonar mi eterno negro invernal para empezar a vestir tonos vivos, ¡luz para los ojos! Dicho y hecho: pantalones naranjas y camisa rayada a colores. Una terraza, un capuccino, "big, please" "Thank you. Is there wireless outside?" Yes. Pues adelante. Tenía muchas cosa pendientes que hacer. Abro mi portatil. Mi ruta va a cambiar, se va a ralentizar y quiero planificarlo bien, Primera etapa, San Francisco. Y a la conquista del Oeste en ferrocarril.

Linda y el caballo de hierro
Ayer, lunes, resolví mi problema de transporte para el resto de estancia en los Estados Unidos. Me di un paseo hasta la estación con la tarea hecha: una batería de preguntas preparadas en un restaurante japonés anrte la eventualidad de que quién me informe no hable español. Así ha sido. "I don´t!" me ha sonreido Linda. No había nadie y lo he agradecido. Linda, de uniforme ferroviario, pelo corto, en torno a los 40, aunque parece más joven, pero busca la luz para leer y eso la delata. Me ha dedicado tres cuartos de hora. Imaginaos eso con gente, ¡me muero! La cuestión a resolver era saber que me convenía más, comprar un interrail, llamémoslo así, o adquirir etapa tras etapa un nuevo billete. Ha mirado las tarifas, ha llamado a la central de Amtrak y me ha puesto en contacto con alguien que hablase en español, que me ha despachado en 2 minutos para no complicarse la vida, pero Linda no acababa de creerse lo que él otro ha dicho y ha seguido investigando, me ha hecho muchas preguntas sobre mi ruta para tener todos los datos. Ha hecho muchos números. La conclusión, que aunque entremos en temporada alta –es más cara de lo que yo pensaba– me conviene más el WestPassRail porque puedo subir y bajar dónde y cuándo quiera. La he creído, aunque a mi no me salían los números, quizás se haya equivocado, han sido 459 dólares para 30 días, pero sé que Linda ha hecho todo lo posible para que mi viaje fuese más placentero y eso, eso no tiene precio. Me lo he comprado.

La vida en la calle y no es el Mediterraneo
Está claro, cuando llega el buen tiempo todo cambia, todos nos transformamos. Abandonamos nuestros hogares y nos lanzamos a la conquista de la calle. Es una revolución, tomamos posesión de los espacios públicos. Ya no hay quién nos pare. Aquí, allí y en donde sea. Y esta ciudad ayuda, te invita a que lo hagas. Hoy todo el mundo estaba comiendo y cenando en las aceras. Era un ambiente del mediterraneo. Y yo no he sido menos. Hoy y también ayer he tomado la calle.

Rosa va como una moto
Teníamos ganas de conocernos. El primer contacto había sido por email, ella contestó en español a uno mío en inglés. Cuando llegué de Seattle no estaba, pero cuando me levanté de la siesta unos ojos desde la recepción estaban puestos en mi puerta. Era la mirada impaciente de quién espera que algo surja de su punto de atención. Los dos sabíamos quienes éramos. Yo, antes en el staff, había visto su foto. Me acerqué y casi antes de llegar ya me estaba preguntando si era Jorge. "Sí, y tú Rosa, no? "Sí, y de dónde eres" "Español, y tú tienes acento latino" "Sí, nací en Cuenca, Ecuador". Pero por Rosa, aunque lleva en el alma el país que le dio a luz, corre sangre de aquí, sangre estadounidense. Y se le nota. Es demasiado moderna, es occidental y sus maneras más. Es rápida, habla veloz, no para de hacer cosas mientras charlamos: atiende al teléfono, consulta el ordenador, mira por aquí y por allá. Nació hace 25 años y ya tiene unos cuantos kilómetros recorridos. Sus padres, religiosos, la llevaron por tierras de Colombia y Venezuela hasta que, por motivos que desconozco, aunque intuyo de orden político –son de izquierdas–, no les concedieron más visados. Tuvieron que irse. Ella se instalo en Miami, pero estaba harta del calor pegagoso de esa ciudad latina dentro del Imperio y de barnizar barcos de ricos, así que hace unos meses decidió irse a la otra punta de los Estados. Se vino a Portland a trabajar en un albergue. Rosa quiere ser traductora e intérprete y está pensando junto a su novio irse a España, primero a Málaga, a una escuela de interpretación y luego no sabe muy bien si a Barcelona o a Madrid, "Mi novio prefiere Barcelona porque como informático va a tener allí más posibilidades de encontrar trabajo. ¿Tú que opinas?, me pregunta, le respondo que ni idea, que las dos ciudades están bien, que son diferentes y que eso es muy personal.

Hoy le he preguntado si le apetecía que fuésemos los tres a tomar algo o a cenar. "Es que queríamos ir a bailar cuando salga de trabajar" "Ah, bueno, entonces nada", "Pero si quieres puedes venir con nosotros, aunque la música es muy rara" "Sí, por tu aspecto me lo puedo imaginar, pero a mi no me importa. Yo escucho de todo" "Sí, nos va el rollo industrial y gótico" "Los Neubauten y ese sonido" le pregunto. "Sí es el grupo preferido de mi novio". En un principio le he dicho que sí. Después me he dicho Jorge, eso lo escuchabas tú cuando tenías su edad, hace 22 años y he decidido quedarme. Buenas noches, Rosa.

martes 15 de mayo de 2007

¿Portland?, ¿Dónde está Portland?

Y por qué he venido, pues porque estaba en el mapa y el recorrido desde Seattle hasta San Francisco era muy largo, y también porque en los 90, cuando veía la NBA siempre aparecía esta ciudad en las quinielas de los playoff con los Portland Trail Blazers. ¿Sólo por eso? Sí, por nada más. Palabra. ¿Que si me arrepiento? en Absoluto, ¿Que si la recomiendo? Absolutamente. ¿Qué tiene, pues? Lo tiene todo y en el fondo no tiene nada. Pero desde que he llegado me he sentido en casa. Sí, en casa, en mi casa alemana, en esas ciudades que tanto amé en los 80, ciudades con un gran pasado industrial y con una proyección de futuro, ciudades donde el tiempo no borra las huellas del pasado. Ciudades con historia. En este caso corta, pero intensa.

Y su nombre se lo debe a unos colonos lanzando una moneda al aire. Así nació Portland a mediados del S. XIX. Y creció porque tenía madera y dos ríos, uno de ellos parte la actual ciudad en dos. La madera y su situación como vía de comunicación hacia el norte en busca del oro a finales del diecinueve, junto a la construcción naval durante la Segunda Guerra Mundial le dieron su base industrial, esa es su historia, insisto, corta pero intensa. La alta tecnología en los 90 le dio el impulso de una ciudad moderna, pero sin cargarse su anterior base y está simbolizada en un único rascacielos que desde el centro domina toda la ciudad como un totem, y es ahí donde está la magia de esta ciudad que comparte el ladrillo rojo, la madera y el óxido de hierro con el acero y el cristal.

Hoy toda su antigua zona industrial se ha integrado en la ciudad de un modo ejemplar y digno de enseñar en las escuelas, lo han convertido en viviendas, en lofts, en comercios, en cafés. Precioso. He flipado con los escaparates, con las tres o cuatro mesitas que sacan a la calle las decenas de bares que lo envuelven. Con sus ventanales pasados de moda, con sus depósitos de agua sobre las azoteas, y es que cuando se viaja es imprescindible mirar hacia arriba. Y me he enamorado de las tuberías y sistemas contraincendios que salen de sus paredes. Y de las tiendas de ropa con nombres desconocidos. Harto estoy de ver por donde paso, ya sea Mikonos, Seattle o yo que sé dónde las firmas de siempre: Armani, Guess y su puta madre. Quiero ver otras cosas porque eso lo tengo en casa, en mi casa de todos los días. Y esta ciudad lo tiene y además con gusto ya sea ropa postmoderna o anticuarios, da igual. Lo bonito, lo interesante es la diversidad, el saber que hace la gente y por qué son diferentes. He leído en algún sitio que durante unos años los coches de Portland llevaban una pegatina en la que venía a decir ¨mantengamos la singularidad de Portland¨ante el acoso de las grandes cadenas comerciales. Y lo han conseguido. y con estilo y mucha elegancia. Pero claro para eso hay que valer.

Una ciudad para los trapos de AdF
Y es que el domingo nada más dejar mi equipaje en el hotel y recorrer cuatro calles pensé en ella y en su disfrute. AdF es amiga y periodista, y mujer muy independiente que arrasa con los hombres pero no encuentra a su hombre. Su pasión son los trapos, las tiendas y la ropa, y aquí se sentiría como una reina. A. está a punto de dar un gran paso en su vida, harta de su mundo inmobiliario, lleva seis años hablando de viviendas, promociones y urbanizaciones y no puede más. Se aburre y lo entiendo. Se ha puesto a estudiar moda y ha contribuido con su saber al vestuario de una peli. Sé que en esta mediana ciudad de provincias (500 mil habitantes) se sentiría feliz paseando, mirando y comprando.

Charlotte y el jardín japonés por dos
Hoy ha salido un día precioso. Sol y calor. Después del desayuno he contestado los emails, he chateado con un par de amigas y buscado alojamiento para mi próximo destino. Y tenía muchas ganas de ver un jardín japonés, después de la decepción china que me llevé en Vancouvert –habréis notado los que me seguís en mi repetición de lo chino y de lo japonés por estos lares pero no hablar de ellos sería como dejar olvidados a casi la mitad de la población–, así que poco a poco he encaminado mis pasos hacia dicho jardín. He pagado mis ocho dólares, he disfrutado de la estética oriental y me he hecho muchas preguntas referentes a su concepción del mundo y a la armonía de los elementos que utilizan: el agua, la piedra y la madera. Me he sentado en diferentes bancos para disfrutar de esa paz y tirado algunas fotos. Ya me disponía a salir cuando he visto que en torno a una mujer de cabello blanco se formaba un círculo de gente. He pensado, "bah, una visita guiada". Pero algo había en sus ojos, en sus manos que me ha hecho quedarme. Se ha dirigido a mi, le he dicho que lo sentía, que apenas entendía inglés pero que si no le molestaba yo intentaría ver con mis ojos todo lo que sus ojos mirasen. Me ha sonreído, me ha dicho algo y me ha permitido seguir sus explicaciones durante otra hora de visita. Ha sido una delicia verla y escucharla. Se llamaba Charlotte y tenía el pelo blanco. Me recordó a las abuelitas de Anchorage (ver Hello, América!)

ML me ha pedido una rosa
Y claro no se lo he podido negar a quién tan bien cuida mi jardín y mis etapas panamericanas. Cada día, cada mañana tengo una sarta de emails com propuestas de visita, de hoteles y de cualquier cosa que me pueda hacer falta. Incansable. Ella es así. Es una viajera virtual, viaja desde Madrid. Así que me he lanzado al jardín botánico para buscarla, tarea que me veía complicada, dado que su rosaleda consta de 7.000 ejemplares, que se dice pronto, pero recorrerlos dura algo más. Y es que el símbolo de esta ciudad es la rosa. Luego no ha resultado tan difícil encontrarla porque la mayoría de los rosales todavía no han florecido, pero están ahí, a punto de llenar todo el parque de color.

lunes 14 de mayo de 2007

Seattle 2, dónde estaría yo que me lo he perdido

En el tren, ya camino de Portland, he pensado que los viajeros y los lugares no son buenos amantes, cuando empiezas a cogerles cariño te vas y los abandonas. Algo de ciego he tenido en Seattle. Algo me ha pasado en Seattle. ¿La resaca de Vancouvert?, ¿Qué en esta ciudad me he sentido pequeño? ¿Habrá sido el plantón, o el día de la madre? No lo sé. Todavía no tengo la distancia para sacar conclusiones. Pero lo noto: me está costando un montón escribir esta crónica y revisando papeles veo que he dejado de visitar quizá lo que más me hubiese gustado ver, el olimpic sculpture park, ¡con lo que me pone eso de pasear y ver objetos construidos por el hombre!

Una visita a la cultura enlatada
Pero vayamos por partes. En Seattle ha sido en la primera ciudad donde he vivido el arte enlatado, por primera vez en este viaje he ido a un par de museos. No por nada, sino porque en los anteriores destinos o estaban cerrados por fuera de temporada o no tenían nada especial que mostrarme, lease Vancouvert. Aquí si, aquí hay material. El SAM (Seattle Art Museum) es un museo mediano, que casi acaba de nacer, lleva 10 días de reapertura. No es nada macro, es abarcable y cómodo de visitar. Como tiene que ser. Odio los museos gigantescos, en los que sales borracho de imágenes y figuras. Lo más interesante, quizá por ignorancia, la colección dedicada al arte nativo americano: máscaras, totems, el trabajo en madera, colores elegidos y representación de los motivos. Y también, algo que va penetrando en mi poco a poco desde el inicio de este viaje: la cultura oriental, pero de esto ya hablaremos.

Lo segundo a visitar ha sido el magnífico Experience Music Project (EMP), que vale un viaje. Es divertido y para los que entienden de música, interesantísimo. No lo cuenta todo sobre la música, pero si lo que Seattle ha aportado: Blues, Nirvana y compañía y principalmente, el gran Jimi Hendrix: discografía, vestuario, objetos, en fin, fetichismo; habla de música y cine, de efectos especiales, de cómo se hacen y lo mejor: que puedes hacerlos. Es un museo que interactúa: tiene una parte dedicada a crear tu propios sonidos, guitarras, keysboard, baterías, estudios de grabación y demás parafernalia que si bien está orientado más para niños yo, sin saber tocar absolutamente nada, me lo he pasado de miedo. Todo ello envuelto en un edificio diseñado por Frank Gehry. Pues eso, para pasar todo el día.

¡De noche, de discoteca!
Insisto, no sé dónde he estado y eso que he hecho muchas cosas: ¡he ido a una discoteca! y ¡el sábado sali a tomar una copa! Acciones, en fin, para mi de verdadera frontera. Pero había que hacerlo, tenía que intentarlo. Y solo. En la discoteca, después de meter la pata y dejarme llevar únicamente por el sentido del oído entré en una gay y salí pitando: no por nada, sino porque a mi me gusta ver chicas a mi alrededor, sólo por eso. Al segundo intento lo conseguí y después de mirarme el DNI me dejaron pasar (todavía no entiendo porque te piden el carnet casi siempre que pides alcohol). La música, pues la de ayer y la de hoy, nada del mañana. Una cerveza y a casa, además tampoco había muchas chicas y la sociología era toda muy gay de nuevo. No obstante me gustó pasear por Seattle nocturno.

Creo que ya he comentado que yo soy hombre de cafés, me puedo pasar horas en ellos, sin cortarme un pelo, con mi libro, el periódico, el ordenador, da igual, o con nada, me siento cómodo: es mi espacio. En los cafés he conocido a mis novias, he conquistado a mis chicas. Es mi terreno: sé como seducir. No me ocurre lo mismo en los bares de noche, ahí me siento el más perdido de los hombres: en la barra, de pie o sentado en una banqueta con la cerveza en la mano no soy nada, soy infeliz. No es mi terreno. No recuerdo haber ligado nunca en un bar. Por eso no voy a ellos, por eso me cuesta tanto tomarme una copa, yo solo. Pero tuve valor y me atreví: eso sí, con mi Mac: ya tenía algo que hacer, de lo contrario, seguro que no hubiese entrado. Con el Mac, ya podía mirar alrededor, ya estaba relajado, ya sabía divertirme, ya no estaba perdido.

Por lo demás y para acabar esta crónica triste de Seattle decir que he montado en barco, visitado un par de mercados y que hay más salas de concierto que las que podría soñar Madrid en toda su vida: en un fin de semana puede haber más de 20 actuaciones. Me preguntaba un amigo, CL, por el teatro y le contesto, que el teatro de grupo no está de moda: mucho monólogo, actor solitario interpreta…, cabaret, café concierto y algún musical. Otro amigo, JAE, me pregunta por Frances Farmer, si quedan rastros de ella. Infeliz, pienso yo. Sólo los viejos la conocen, que salvo la canción de Nirvana todo es historia, hasta la peli, donde me enamoré de Jessica Lang, es historia. Los deseos no son la realidad.

Sueños 5
Algo deben saber ellos de mis crónicas y no les debe hacer mucha gracia porque aunque siguen acompañándome todas las noches al llegar las mañanas me vienen a decir eso de, si te he visto no me acuerdo. Y me abandonan, se ríen de mi. Intentaré engañarlos.

sábado 12 de mayo de 2007

Seattle y los cinco sentidos

Los sentidos le delatan a uno que ha cambiado de ciudad. Si uno sólo pudiese andar lo notaría enseguida, porque está ciudad es empinada, unas calles van paralelas al mar y otras, las perpendiculares, suben y suben. Vancouver es puro llano. Si sólo pudiese ver observaría que ya hemos entrado en la América negra, ya se muda de piel y unos cuerpos gigantones invaden sus avenidas. Si el viajero cuando llegue sólo pudiese oir también esta ciudad se delataría: una lengua nueva aparece tímidamente, son aún ligeros soplos, no más, pero bastan dos horas para sentir que el español hace aparición. El olfato nos podría engañar, las dos son ciudades portuarias y aunque seguro que existen diferencias mi sentido nasal no ha sabido apreciarlas. Del gusto no hablo, mi boca, mi lengua no han catado nada sabroso.

Estamos a 184 km al sur de Vancouver. Estamos en Seattle, la ciudad esmeralda, por el color de su vegetación. Capital del grunge y de Microsoft. De los aviones Boeing y de los cafés Starbucks. Y conocida en medio mundo por su famoso psiquiatra Frasier Crane, el de la serie, que aunque también vivió en Boston con "Cheers", fijó su consulta en esta ciudad con nombre de jefe indio. Una ciudad rica. Y culta. Muy rica y quizá por ello se ve aún más su pobreza. Hordas de pobres, borrachos, locos y yonquís del crack invaden sus calles. Están por todas partes. Son una parte más del paisaje.

No obstante yo no busco un psiquiatra, yo busco a Grey, busco su anatomía, su hospital y su música. Ni América, ni Hendrix, busco a Laura Veirs, busco su "Rapture" también de aquí, y de ahora. No busco carrozas, busco el Seattle actual. Y es difícil. Es una ciudad muy grande, con muchos diferentes "centros" y desplazarse de uno a otro cuesta muchas suelas, pero he venido a eso, a gastarlas.

El café de Verónica, donde la espuma es arte
He fijado mi cuartel general en el Caffedarte, a escasos metros de mi hotel, tiene internet y una camarera que se llama Verónica. Y no sé muy bien si lo de arte es porque su público son principalmente artistas o por las maravillosas formas que crea Verónica con la espuma cuando le pides un café latte. Sabe hacer flores, hojas de helecho, corazones, todo y sólamente con el café y la espuma de la leche. Le he pedido uno con leche, un zumo y un croissant. Al rato, otro café con arte me lo ha regalado. Nunca sabré por qué, pero lo ha hecho. Le pregunto dónde tomar una copa y me mira extrañada. Ella no sabe, ella no sale.
Verónica es mejicana, de La Barca, un pueblo cercano a Guadalajara, lleva 9 años aquí y no es feliz, se le nota, "pero más triste es el hambre", dice. Tiene 8 hermanos, todos en los Estados. Sus padres siguen en México y vienen un par de veces al año. Al día siguiente me ha vuelto a regalar el segundo, y he querido invitarla a cenar. "¡Ay, pero tengo esposo!" me ha respondido. "Además nunca salgo, aunque debería hacerlo con mis amigas porque él lo hace." Yo lo he entendido y no he insistido. No había malas intenciones, le confieso. Se ha despedido con dos vales para otros tantos cafés. Ella libra el fin de semana, tendrá el mismo arte esa espuma, yo creo que no. Mi vida son los cafés.

Hoy me han dejado plantado
Y no ha sido Verónica. Lo habíamos planteado ya en Madrid. Iba a ser la primera de varios encuentros que voy a tener con gente de allí a lo largo de mi ruta. Nos veríamos aquí, en Seattle, donde tiene amigos y es la cuna de su música, el Grunge. Ella volaría directamente desde Madrid. Yo la recogería. Creía haberla convencido: nunca me dijo que no. La busqué vuelo. El alojamiento también sería mi labor. Días antes de partir se lo volví a preguntar y no tuve una negativa por respuesta. Y ya estoy aquí. Y no ha aparecido. Le he enviado un correo: el silencio ha sido su respuesta. Su vida es el teatro, ella, DA, vive, estudia, trabaja para y por el teatro. Por esa razón le he buscado alojamiento al lado de su vida: un teatro. Se llaman The Moore, están en la Segunda Avenida, puerta con puerta, el hotel y el teatro. Desde 1907 lo han visto todo, lo han vivido todo, menos semejante plantón… O quizá esté y la he perdido. Teatro, la vida es puro teatro.

jueves 10 de mayo de 2007

Textos (y dibujos) en tránsito

El inglés que llevo dentro
Y muy dentro porque llevo toda la vida aprendiéndolo. En el 70 lo empecé a estudiar en el instituto. En el 71 y 72 hice ya mis primeros cursos de verano –recientemente encontré los diplomas que lo certifican–, en el 75 mis padres me pagaron mes y medio de estancia en Seaford, Inglaterra. A principios de los 80 hice otro curso en Salamanca, creo que con AVS. Ya no hace mucho, me dieron clase en El Mundo y ese verano, el del 2003, me fui a Edimburgo por tres semanas. ¿¡Alguien da más!? Y creo que el problema reside en saber cómo se pronuncia, porque si consigo leerlo, por lo bajín, por qué no lo entiendo. ¿Qué cosas, no?

¿Por qué los inuits (esquimales) y demás tribus árticas son de tez acaramelada y pelo negro?
Pues no lo sé, pero resulta curioso que hemos aprendido que los negros son negros porque vienen de África, en torno al ecuador. Los del área mediterránea y alrededor de esa latitud son de tez morena hacia el sur y castaños hacia el norte, todos sabemos que los centroeuropeos son de piel clara y finalmente los suecos, finlandeses y demás los distinguimos a la legua por sus rubios cabellos, falta de pigmentación en la piel y por sus ojos azules. Entonces por qué los pueblos que rodean el Ártico no son así. No lo sé y quisiera saberlo. Sé que llevan en la zona 12.000 años y que la mayoría proceden de Asia. Es suficiente razón. No lo sé. Por la horas de luz debería ser rubios con ojos rasgados. ¿Extraño, no?

El Sudoku, el juego más internacional
Todo el mundo sudokea. La recepcionista en Alaska, los inuits en Inuvik, el vaquero en el tren, los pasajeros del avión y los viajeros en el bus. Todos. En la pausa de la comida en Whitehorse o en la parada del tranvía en Vancouvert. Blancos, negros y amarillos. Europeos y asiáticos, canadienses, australianos, yanquis y latinos. Todos llevan sus cuadernos Sudoku en la mochila, en el bolso, en la maleta o en el bolsillo del pantalón. Los lugareños y los forasteros. No distingue religiones: cristianos, islámicos e hindúes. ¿Serán los números el único lenguaje universal? ¿Quién no juega al Sudoku? Yo. ¿Curioso, no?

Qué es un "Hostel"
Es como un hotel, con sus habitaciones, sus pasillos, sus 3 o 4 plantas. Los dormitorios pueden ser sencillos o compartidos entre 2 ó 4 personas. A su vez se comparten baños y duchas. Luego tienen un salón para la tele; un comedor para el desayuno y que te calientes tu comida; otra sala para internet y un salón para lectura o colgados del wireless con sus portátiles. Por cierto que ni en las bibliotecas hay tanto silencio. El desayuno suele ser gratis, en plan buffet muy cutre, no creáis: cafe, zumo y tostadas. Y barato, muy barato. Ideal para jóvenes. ¿Hay en España?

Agradecimiento
A Iosu López. Lo descubrí a mediados de febrero cuando ya tenía decidido el viaje y la ruta inicial, y andaba buscando un artículo del EPS sobre dicho trayecto. Lo encontré, "La costura de América" se titulaba. Buenísimo, el titular. A su vez encontré su blog sobre la ruta panamericana con el subtítulo "La costura de América". Todos nos copiamos. Confieso que en un principio me sentó fatal: alguien me había copiado mi idea –lo cual es absurdo porque si lo ha hecho antes no ha podido copiarlo de mi. Pero era calcado a mi ruta: llegar a Anchorage, subir en tren a Fairbanks y luego ir a Prudhoe Bay, y desde allí empezar a bajar. Había algunas diferencias sobre ciudades pero en esencia se parecía mucho a mi camino. Estuve a punto de no hacer mi blog. Luego con las semanas el cabreo se me fue pasando. Me estaba dando cuenta de que su viaje y el mío poco tenían que ver. Él es periodista y ejerce de ello. Yo no, yo soy un viajero en tránsito (término tampoco mío, sino acuñado por JAE). Su página tiene mucha información práctica, sobre hoteles, sitios a visitar y medios de locomoción, en gran parte sacado de la guía que usamos todos, la Lonely Planet, y parte de cosecha propia y de viajes anteriores. Ni que decir tiene que me he servido de algunos consejos suyos, ¡sería absurdo no hacerlo! Desde aquí le mando un saludo, si sabe que existo, mis gracias y mi homenaje. ¿Todos nos copiamos?

Estoy llegando a Seattle y ya se nota que es una gran ciudad: autopistas saturadas, atascos en ambas direcciones, carril Vao para coches con más de dos ocupantes. Quizá por la hora, quizá no, la llegada a Vancouver fue diferente, más pausada. Allí empezaba el día, aquí le quedan pocas horas para terminar. ¿Será eso?

miércoles 9 de mayo de 2007

Vancouver , rico, rico

Me quedé dormido o retozándo en un sueño rico, rico que ya casi he olvidado. Son las 9.30 corro a desayunar. Cerrado. A las 11 quiero coger un lancha para ver orcas. Subo a la habitación, me visto sin ducharme. Escaleras abajo. Primer bar, primer café. Me lo llevo en la mano. Paro un taxi: "Please, this adresse" Veloz. Son las 10.15 y no he reservado. "Por ahí no, señor, yo voy aquí" "Oh, sorry". 10.30 me deja en el centro de ese complejo cultural y comercial. "But, where is this?", Right or left, i don´t know" me quedo de piedra. Pues nada a buscar. De izda. a dcha., de arriba a abajo. No lo encuentro. Corro de aquí para allá. Me ahogo en un vaso. Por fin, un plano! 10.50 "Please, Whale watching". Habla. No entiendo."Slowly, please" Yo goteando. Se lo curra, me da todo tipo de explicaciones con voz, manos y ojos. Una delicia. ¿Traes comida? me pregunta, la excursión dura 6 o 7 horas. No, no tengo nada. Llega el capitán, "Hay tiempo para él". Sí no hay problema. Me visto de astronauta. Todo el grupo (8 personas) ya se ha ido. Es capitán me espera, es más, me a lleva a una tienda para que compre algo de comer. Esos detalles dan calidez a las personas. 11.10 por fin el barco. 80 millas a toda pastilla hasta la isla de San Juan (EEUU). El traje de astronauta es como tener una estufa incorporada a tu cuerpo. Rico, rico.

Donde hablan las orcas
Primera parada: focas echando la siesta, , dormidas panza arriba al calor del sol. Por fin ha despejado. Me enchufo al ipod. Hay miradas.
Segunda estación las orcas, también llamadas ballenas asesinas… a lo lejos, demasiado lejos para una baratija de cámara como la mía. Hago lo que puedo. Aparecen cada dos o tres minutos. Aparecen y desaparecen. Una maravilla. Las seguimos a distancia. Tienen su ruta y no se las debe molestar. Mientras una joven en prácticas nos cuenta con magnífica sonrisa mil y una historia sobre estos mamíferos. No presto ninguna atención. Más miradas. Estamos una hora a su alrededor. Emprendemos la vuelta, otras 80 millas, algún águila en la costa, magníficas mansiones de recreo entre los árboles. En fin paisaje de ricos. Un par de delfines, más tímidos que las orcas. Su sonido en un CD.
Tercera estación: leones marinos. Se asustan inicialmente y ponen cara de circunstancia levantando mucho el cuello. Están al quite, gritan o lloran o ríen, yo que sé, pero son simpáticos. ¡Pa!, me quedo sin batería en la cámara, ni una puta foto de los malditos leones. Juro en hebreo, en inglés no sé. Y estamos de vuelta, son las 6 de la tarde. Cruces de miradas. Una finlandesa no ha parado de mirarme en todo el trayecto. Ha habido un juego entre nosotros y yo he participado. Pero tengo otros planes, estoy en otra historia… y muy vago para hablar en inglés.

El día ha ido a mejor. Hotel, ducha, cambiarme y a cenar. Hoy toca japonés: "no te puedes ir de Vancouver sin comerte un sushi" me había dicho alguien. Pues hoy lo haré. Me doy un regalo. Rico, rico.Ceno en uno muy cool, entro con grito de bienvenida, camareras muy monas pero muy pesadas, hay que ganarse la propina (15% de la consumición en todos los sitios). Total 3 platos, buena presentación y calidad más cerveza: 18 euros. Ridículo. Me retiro, tengo tarea.

Jardines que saludan en chino
Sí, ayer dije japonés, pero a veces las cosas cambian. Cuestión de distancia. Hoy me he inmerso en la estética de la jardinería china, y bueno, mucho rollo de simbolismo taoista, pero luego es poca cosa. Lo venden como "el único jardín chino clásico a escala natural fuera de China". Esperaba más.
Barrio chino: esos sí que es arte. Tiendas con productos a la calle con rotulación casi exclusivamente en sus caracteres. Que ignorante soy, no conozco nada, no identifico nada. Con 18 años me creía el rey del mundo. Yo lo sabía todo. Con 46 me doy cuenta que cada día sé menos. Como algo, no lo he visto nunca. Un euro con setenta. Rico, rico.

Moda japonesa en Vancouver
La canadiense nada de original, todo es lo mismo. No hay fronteras. La globalización si que ha llegado en este área. Las mismas marcas, Zara, Guess, Armani. Todo igual. Quizá señalar que vuelve la puntilla, si es que no había vuelto y que por fortuna se ven menos bailarinas, ese calzado que hace los pies cursis. En la noche las minifaldas son más cortas que por nuestra tierra, aunque no salga mucho, hay detalles que no se me pasan.

Me quito lastre
4.5 kg menos. El anorak mas 300 gr de libro para España. 1.5 de libro sobre la fiebre del oro se queda aquí. 1 kg pantalón extra viejo. hacen un total de 4.5 kg menos. Rico, rico.

Un ser minúsculo domina a un gigante.
Con la mirada,claro. Me he subido a un restaurante y club de jazz, el C-9 Live Lounge en la planta 42 de uno de los edificios más altos de aquí. Y he tenido la ciudad a mis pies. Es grande y desde arriba se entiende mejor por que tanto rascacielo no agobia: pues porque hay mucho espacio entre ellos. No hay filas de edificaciones, no, son inmuebles independientes.

Mañana abandono Vancouver y vuelvo a entrar en los EEUU, voy a la capital del Grunge, y de las series de TV, voy a Seattle. La ciudad esmeralda.

lunes 7 de mayo de 2007

Vancouver II. ¿Qué no las conoces? ¡Entonces no has visto nada, chaval!

O casi nada, porque esta ciudad hay que visitarla. Palabra. Y eso que a mi las ciudades con tantos rascacielos me suelen dar miedo, según me voy acercando a ellas me digo "Uf, cuanta ciudad para un ser tan pequeño (yo)" Pero me equivoqué. Ya el viernes me impresionó su cosmopolitismo. El sábado su modernismo. El domingo descansé y hoy sus alrededores marítimos. Pero situémonos.

El centro de esta ciudad está localizado en una península que forma parte de una serie de penínsulas e islas rodeadas por el Pacífico por un lado y por la Cordillera Litoral que aún alberga nieve es sus cimas, por el otro. Está bañada en agua y bosques.

Naturaleza y artificio
El sábado alquilé una bici, fueron 30 km de éxtasis en una urbe que lo tiene todo para disfrutarla y acabar agotado de placer. Estuve en el parque Stanley Park, uno de los parques urbanos más grandes de toda América. Y no es su enormidad lo que destaca, sino esa conjunción de naturaleza y artificio, esa mezcla de vida salvaje con creación humana, y no porque esté lleno de elementos artificiales, no, no, sino porque han sabido integrar y no retirar los árboles caídos, la maleza, los troncos arrancado de la tierra le dan un aspecto salvaje –y son creación humana– sólo comparable a la más pura selva: todo esta muriendo y de esas cenizas todo está naciendo, creciendo. Junto a una sequoia gigante, hay otra derruida, tumbada y podrida. Puro paisajismo!

Pero no sólo recorrí los más de 13 km de malecón que circundan, sino que el paseo marítimo se extienda casi por la mitad de la ciudad. Que vistas! Que casas. Vancouver está llena de rascacielos con acristalamiento verde, pero además está lleno de casa bajas. Conviven el cristal y el acero, con la madera y la piedra. Edificios de hoy con viviendas de ayer. Sobre el cemento y sobre el agua. Modernismo y antiguedad de la mano.

La urbe te susurra, penétrame
No sé si el subidón ha sido por las dos semanas de naturaleza extrema que he vivido –no lo creo porque a su manera Inuvik también me impresionó mucho– o porque realmente esta ciudad es así. Bella y acogedora. Lo noté el primer día, hay ciudades que te saludan y te recogen, y hay ciudades, quizá con más historia que te miran por encima y de alguna forma te acojonan, léase París, Berlín, Londres. Vancouver no, Vancouver te sussurra que te acerques, que te metas en ella, que la penetres. Calles con aceras de madera, de adoquín, de piedra y de cemento… y de tierra. Una ciudad bien diseñada, bien señalizada: con sus coches, motos, bicis y tranvías por tierra; por mar minúsculos aguabuses, lanchas, yates y trasatlánticos y por aire hidroaviones, avionetas, helicópteros y aviones. Lo tiene todo, aquí el que no se mueve es porque no quiere. Está hecha al servicio del ser humano.

Qué es una ciudad sin rincones. Nada.
Y, una ciudad sin bancos. Nada tampoco. Yo no sé quién la diseñó, ni quién o quienes realizaron su urbanismo, pero merecen un homenaje porque no hay nada de diseño y todo está milimétricamente diseñado. Que bancos tiene, por favor, los hay de madera –medio tronco, tronco entero, de tablillas…– de metal: forja, acero, aluminio, los hay de madera y metal; de piedra. Los bancos invaden la ciudad, en su interior y en sus lindes. Y eso qué significa, eso significa espacios para sentarse, para descansar, meditar, leer, amar, besarse. Y esta llena. Palabra.

Decídme qué es una ciudad sin rincones donde esconderse, donde perderse, donde dar besos furtivos, fumarse un peta o hacer algo prohibido, donde extasiarse con una visión. Pues aquí, los hay a cientos. Y eso es magia. Igual que es magia pasear y encontrarte esculturas en las aceras y los parques, en al agua o en las playas, pero sin gritar, susurrándote únicamente "hola, estoy aquí y te quiero acompañar en tu paseo" ¡Que ciudad, por favor! Hay alguien que dijo "Si estás cansado de Vancouver, es que estás cansado de la vida" Y es cierto, llevo cuatro días y estoy emocionado.

Sólo le falta algo, pero no es su culpa: sólo le faltas tú.

(Mañana o pasado, tercera y última crónica de Vancouver, donde hablan las orcas, los jardines te saludan en japonés y como un ser minúsculo le mira por encima a un gigante.

Sueños (4)
Lo confieso. Soy miembro de la comision del proceso de paz. Y me he entrevistado con miembros de ETA-Batasuna. Y fue hace unos días. Y soy policía. Fuimos mi compañero X y yo. él es policia como podría ser cerrajero, es alto y desgarbado y se parece a un Alfredo Landa del 2000. La cuestión es que yo tenía una entrevista pero la policia-pp nos perseguía por todo Madrid para denunciarnos y si era posible matarnos, nos movíamos por las calles y sus sombras a una velocidad de cómic, pero nunca conseguimos despistarlos. Para solucionarlo puse a mi compañero, que es tonto perdido, de cebo. Pero ni eso sabía hacer. Yo le decía "lárgate para despistarlos", pero no, él me seguía como un perrito faldero. Negociación imposible. Me desperte cuando a mi compañero le ponían una medalla. No entiendo nada.

Es bueno que los sueños no se cumplan porque leo felizmente que Carlos Llamas ha vuelto al curro. En mi sueño moría malamante, desangrado. Muy gore.

domingo 6 de mayo de 2007

Vancouver I, la ciudad me saluda

Me recibió ayer muy temprano, eran las seis y ya estaba amaneciendo. Prometía día soleado. Me recogió un taxi y por 5 euros me llevo a mi residencia. No estaba lejos. Allí me esperaba la sorpresa de mi impaciencia: no había esperado la confirmación de mi reserva. Al final se solucionó con dos cambios de habitación. Es un B&B, me cuesta entre 20 y 25 euros, dependiendo si comparto dormitorio con una o tres personas. Barato, realmente barato. Son momentos de ajuste económico: el ordenador y la aventura del Norte han dejado mermado mi presupuesto. No soy la jet set.

Llevo seis horas de espera hasta que me dan la llave. Agotado tras casi dos días de autobús, sin dormir, sin lavar y lo peor no consigo conectarme. No sé si soy yo o es la máquina. Tiemblo y me desespero. Sudo y pregunto a todo dios. Nadie tiene respuesta. Me agobio, blasfemo. Pregunto de nuevo, esta vez a una chica de Quebec. Usa Mac. Se acerca, aprieta la tecla que yo mil veces había tecleado… y se hizo la luz. ¡La hubiera puesto un piso! Todo funciona. Contesto a los email. Me relajo y me caigo de sueño. No puedo dormir. No debo. La ciudad me espera: ducha, cambio de muda y la calle.

Una ruta y a patear
Son las dos de la tarde, luce el sol. Me acerco al centro, vivo en el centro: sexshops, kebaps, pizzerías, discotecas, sabor de la noche, rodean mi residencia. Ando. Largas avenidas, aceras anchas. Y gente. Aquí hay vida. Gente de aquí y de allá. Gente como yo, mochila a la espalda y plano en mano. Yo lo escondo con una revista gratuita que se coge en cafés o en expositores callejeros. Me acerco al puerto. Tres trasatlánticos a punto de partir, grandes colas esperan abordarlos. Mis primeras fotos. necesito gafas de sol, las compro. Un café y composición de lugar. Una ruta y a patear. Aquí hay vida. Casco antiguo, Gastown, Walter St.: cafés, terrazas, –tiendo a enamorarme de los lugares con espacios abiertos a la calle–, me siento, observo, soy un mirón y esta ciudad tiene mucho que mirar. Gente joven, gente corriendo a coger el ferry que les traslade a sus hogares. Es viernes, son las cinco de la tarde, llega es fin de semana. Es fin de semana. Otro café.
Estoy en Vancouver, Robson st, restaurantes, moda, recuerdos y gente. Mucho oriental, coreanos, japoneses. Todavía no los sé diferenciar. Modernos, muy modernos; jóvenes y menos jóvenes. Esta ciudad es divertida. Muchos chinos. Sí, muchos chinos.

Los chinos también juegan al tenis…
Y van en bicicleta, y van discotecas, y dirigen el tráfico. Los chinos aquí no son chinos, son canadienses y se nota al instante: sus andares, sus ropas, los cortes de pelo, las gafas. Sus gorros, sus ombligos o sus faldas. Son de aquí. Son canadienses. De hecho, creo que es la ciudad del mundo con mayor número de chinos fuera de China. Y se nota.

Ceno en un chino. Ceno en Hon´s. Restaurante, casa de comidas. No lo sé, es un gran salón tipo boda, lleno de mesas. La carta en chino con anotaciones en inglés. ¡Qué hago aquí! Me da igual, no entiendo nada. Me sientan. y no sé que pedir. Estoy perdido, pero excitado. Todo va demasiado rápido. A la camarera, "tráigame lo que quiera", "¿es esto demasiado?" "Sí, es demasiado para uno", me contesta. "Elige tú, please" le digo. Me sonríe. Me trae palillos, una tacita para la cuchara, otra tacita con otro platito ¿? Todo de colores, todo de plástico. Todo de todo a cien. Y la comida. Mucho, es mucho para mi. Un par de ancianos, chinos, me ríen. Les devuelvo la sonrisa con cara de incredulidad. Les digo con mis ojos "yo no soy de aquí, yo soy el guiri" Alrededor, nada se parece a los chinos de Madrid o de Berlín. Nuevas comidas, diferentes olores. Esto es de ellos y para ellos. "La cuenta, por favor" 12 euros. Ridículo.

Vuelvo al hotel, quiero escribir mi crónica, editar las fotos de los 1.500 km y acostarme. En el camino me acuerdo mucho de JBG. De nuestra primer vez en Berlín. De la noche, de las cervezas, de eso hace ya 23 años. En estos momentos le echo de menos. Me gustaría tomarme una copa, disfrutar de los bares, el ruido, la música, los neones y de las miradas perversas y seductoras. No soy el mismo.

Acabo mi redacción. Es la una, la publico. Se conecta ML, en Madrid; MB desde Perú lo huele y se apunta; JBA y PT en Valladolid me quieren hablar, quieren verme. No puedo con tantos. Estoy agotado. Son las dos. Por ahí anda también JAE: ni le digo buenas noches, ni buenos días. Me voy a la cama. Hasta mañana. Ya en la cama retumba hasta el suelo. Una disco acompaña mi sueño.

sábado 5 de mayo de 2007

¡Que la Madre Naturaleza deje paso al urbanita!

Ya estoy camino del Sur, en total 41 h. de autobús entre Whitehorse y Vancouver. Ahora me hallo como a la mitad del recorrido, entre Dawson Creek y Prince George, y se nota, se nota que hemos abandonado el crudo Norte. En esta parte del trayecto, las temperaturas son más suaves, llueve, los campos empiezan a verdear, aunque los bosques lo dominan todo ya se ven praderas, granjas, vacas, ovejas, caballos pastando. La oreografía no es tan radical, las formas se suavizan… los ríos llevan agua y han desaparecido los hielos. En las cumbres, éste es un país montañoso, la nieve no es tan densa como en el Yukón. El paisaje en general es más amable, más humano y recuerda a Centro Europa.
La diferencia con Europa es la densidad de población, estamos en la Alaska Hgw, eje central entre el Norte y el Sur de Canadá –construida por los estadounidenses para abastecer a sus tropas del Norte después del ataque a Pearl Harbour– y apenas se ve circulación; sí, algún camión, algún coche, cuando nos acercamos a un poblado, pero esto está vacío. Y para que engañarnos estoy empezando a estar un poco harto de tanta naturaleza y dado que no voy a ver bichos, pues que se acabe ya. Este recorrido, de casi 1.500 km, ha sido duro, docenas de paradas para dejar paquetes, periódicos o para recoger algún pasajero, en ningún momento hemos sido más de diez en un mismo trayecto en un autobús poco canadiense. Esta ha sido una constante en mis recorridos norteños: seis en el tren a Fairbanks, éramos dos a Whitehorse, otros seis de media hasta Vancouver. Es extraño, muy extraño. Por necesidad esta gente tiene que ser diferente, no sé cómo, pero esas casas aisladas a kilómetros unas de otras tienen que forjar una personalidad muy peculiar.

Ultima decisión: cambio de nombre
Y no precisamente por el que aparece en la foto, ciudad en la que realicé el segundo transbordo de autobús, sino por como suena mi nombre por estos lares. Me doy por vencido ya no soy Jorge Bonilla a partir de ahora me paso a denominar Joje (la primera "j" aspirada, como si de una "hache" se tratase) bonila. Cuando llegue a tierras latinas a ver qué hago, pero seguro que no suena como en casa…

¿Qué me pasa doctor?
Había notado ya algunos síntomas antes de emprender el viaje y lo achacaba a alguna mala digestión causada por los nervios de semejante aventura. En el avión hice examen de conciencia y no acababa de encontrar la razón. En Chicago hice mis necesidades sin ningún problema, así como en el resto de viaje. Llevo ya más de 15 días y, oye, visito el excusado con la regularidad que me caracteriza y además no hay nada que indique irregularidad intestinal, pero… cada vez que me muevo de ciudad aparece y me persigue hasta que me asiento en un nuevo hotel. Da igual que sea en avión, barco o autobús, el día antes empiezo a peer como poseído por el diablo y ya cuando me siento en el susodicho medio de transporte doy recitales de ventosidades que desaparecen a las pocas horas de tener residencia. ¿Qué me pasa, doctor? "¡Esta claro, Vd. tiene estrés anal!"

viernes 4 de mayo de 2007

Skagway, un pueblo de cartón piedra

15.000 personas la visitan cada día durante los meses de julio y agosto. Grandes cruceros desembarcan a sus huestes, en un pueblo que es una calle, sus trasversales y poco más. Eso sí, todo lleno de joyerías. Oro, plata y diamantes lo dominan todo. En esta época del año están preparando el gran escenario, renovando las casas, pintando las desconchadas, arreglando las aceras, que siguen siendo de madera como en los años de la fiebre. El martes, antes de ayer, no había nadie, éramos 4 pelagatos, algunos obreros y para de contar. De hecho la mayoría de las joyerías permanecen cerradas hasta que llegue la marabunta. Todo es mentira, todo es un decorado. Todo hecho para y por el turista. ¿Y por qué paran aquí los cruceros?, pues porque este pueblo era donde se iniciaban las dos rutas que a finales del S.XIX llevo a miles de personas (la gran estampida, se llamo) a la búsqueda del metal precioso: el oro. Esta fue la segunda Fiebre el Oro. O ésta fue su gran trampa, porque cayeron como moscas dado la crueldad del invierno por estos parajes, eran más de 700 km hasta Dawson City, cuna de la fiebre. Además, cuando llegaban a Whitehorse, a mitad de camino, en verano se embarcaban en sus bravas aguas y al no tener experiencia en sus rápidos se hundían sin salvación. Lo mejor de Skagway: el cementerio minero, es salvaje.


El camino es el mensaje
Dicen las guías que lo mejor para acercarse a Skagway es en barco. No lo sé, no lo he hecho, mi trayecto ha sido otro, el único por carretera: desde Whitehorse. Hay otra forma de llegar que es un tren de época pero ya sabéis que aquí todo comienza en mayo.
El recorrido es realmente precioso: cumbres escarpadas, enormes lagos helados, bosques y más bosque, todo ello cubierto por un gran manto blanco, impoluto, virgen: la nieve. Pero no está ahí la magia del recorrido, lo extraordinario es que no hay un alma, que de los 180 km de un lugar a otro en más de 120 no nos hemos cruzado ni con un sólo vehículo. Nunca antes me había pasado. Una carretera perfectamente asfaltada, bien señalizada, con tres carriles en algunos tramos, con sus correspondientes puestos fronterizos (Skagway es EE.UU.) y sin circulación. Lo he disfrutado con sol, ese trayecto con nieve debe ser tenebroso, es la muerte segura si te sucede algo, quién te va a salvar, si no la utiliza nadie. Esta es la carretera en la que en un principio os conté que quería hacer dedo. Menos mal que seguí los consejos de Charlie, el aprendiz de lobo y no lo hice.

Sara, como una cabra en la montaña
Posiblemente tenga el coche, no más viejo pero si, más desvencijado de todo Whitehorse, pero se portó como un valiente. Se nota a la legua que es un coche procedente del Yukón, lleva su marca con orgullo; la luna del parabrisas está rajada de parte a parte, además de tener dos buenos impactos de piedra. Esta es la seña de identidad de todo vehículo yukonés, ya sea taxi, camioneta, 4x4, o incluso de policía, da igual, el parabrisas tiene que estar roto, algo que evidentemente está prohibido y que cualquier policía de otra región canadiense multaría sin dudarlo, pero esto es el Territorio del Yukón y la autoridad es más permisiva porque de lo contrario no habría lunas en el mundo para abastecerla. Sólo las cambian cuando se les cae a pedazos.

A Sara la conocí el día anterior de irme a Inuvik, y quedamos para el martes 1 de mayo e ir a Skagway ya que tenía que recoger a un amigo que venía del Sur, en barco. Se presentó tarde, se había dormido, mientras yo la esperaba helado en la esquina de mi calle. De hecho pensé que no venía. Pero sí, apareció con su flamante toyota, su bolso y sus dos recipientes de café, uno para ella y otro para mi.
Conversamos principalmente en español, "suena tan bonito", decía, aunque yo de vez en cuando intentaba sacar el inglés que llevo dentro y porque su spanish tiene que mejorar bastante, pero es de alabanza su esfuerzo. Sara, como buena canadiense, procede de cualquier parte del mundo, en este caso sus padres son daneses, se apellida Nielsen, Tiene 28 años. Es también bióloga, como Delia, trabaja en el área de comunicación e interpretación de los parques de Whitehorse y ha estudiado en Anchorage, Alaska. Y sobretodo le gustan los animales. Conversamos de varios temas, le gusta hablar, pero es cuando hablamos de bichos cuando los ojos se le iluminan, cuando su corazón palpita. Es cuando pisamos las rocas cuando se siente en casa. Animales y deportes es lo suyo. En el trayecto de ida no paraba de decir "si quieres ´joje´ –éste soy yo– a la vuelta paramos y vemos…" yo le respondía siempre que sí, hasta que finalmente le tuve que prevenir de que si parábamos en todos los sitios no llegaríamos a Whitehorse en 3 días. Ya en Skagway recogimos a Tobias, con toda su casa de los últimos años a cuestas.

Tobías
Al principio me miró raro, como se mira a un competidor, pero todo fue mejorando. Es alemán aunque lo suyo es Alaska, Alaska y sólo Alaska. La primera vez que oyó hablar de esa región fue cuando tenía 12 años, ahora tiene casi 27 y lleva ya 7 años en la zona. Acaba de terminar sus estudios en economía en Vancouver y se dirige de nuevo a Anchorage, donde conoció a Sara y fueron novios. ¿Vivir en Alaska? Sí, lo suyo son los deportes de riesgo, kayak de río, kayak marino, rafting, alpinismo en roca, alpinismo en hielo, esquí de fondo y un largo etcétera que ya no recuerdo. Vive para el deporte. Es decir, casi como yo. Le gustó mi nombre y según me iba conociendo se esforzaba más y más en pronunciarlo bien, lo llego a conseguir y se divertía diciéndolo en alto.

La vuelta fue entretenida cambiando del alemán con Tobías, al español con Sara y entre ellos en inglés. Eran buena gente, hicimos un montón de paradas, estuve dentro de un iglú, la más larga fue porque Sara con ojo de águila vio a unas ovejas salvajes a lo lejos, en la montaña. Yo os prometo que no veía nada, Tobias también las vio enseguida, pero yo nada de nada, ni con un monocular, bueno, pues allí estuvimos como media hora hasta que conseguí verlas. Sinceramente me daba corte decirles que por mi no lo hiciesen, pero no, yo tenía que verlas. ¡Y las vi!

Como ya se hizo tarde ante tanta parada fuimos a cenar a su casa, no me dejaron comprar ni unas míseras cervezas. Cenamos rico: una sopera casera que había hecho Sara y unas lentejas que había hecho su madre. De postre, helado. No me apetecía nada, tenía frío pero quien dice que no a alguien que te sonríe con cada ofrecimiento. Yo, al menos, no puedo. Buena gente estos canadienses, tienen un gran sentido de la hospitalidad, al menos los que yo me he encontrado. Mañana miércoles hacia Vancouver…