sábado, 8 de septiembre de 2007

Bluefields blue! Mi historia

Ante tanto desastre, una historia de amor. Sencilla. El culmen y el cenit. Corto, intenso. Bello y doloroso. A ella, jamás la hubiese conocido en un bar, ni en un café, y menos en una disco, quizá en el mercado o tendiendo la ropa a mi paso por su hogar. O en una camioneta. Y así fue. Ni me miró, o eso creí. Yo sí la miré, a los ojos. Más tarde me daría su amor y yo me entregué a ella poseído. Conocí a su familia y la invité a pasar tres días en Bluefields. Después, la despedida, el desgarro. Esta es mi tristeza. Esta es mi historia.

Cuando subí, la camioneta estaba aún vacía, salvo ella sentada sujetándose a un lateral, como castigada o sin querer molestar. Después se movería hacia el centro al acudir una anciana que precisaba más seguridad. No tuvimos contacto hasta que enfermó. Le ayudé. Apenas hablamos en el trayecto. En ningún momento la seduje, ni hice atisbo de insinuarme.

El amor en Waspán
Nos tumbamos por separado. Ya me miraba, lo había hecho durante la cena. Salí un rato al patio, volví a entrar y le pedí un beso. Me sonrió y abrió suavemente sus labios. No la toqué. Sólo la besé, me centré en su rostro, fueron decenas de piquitos distribuidos entre sus inmensos labios, sus tersos carrillos y sus penetrantes ojos. No hubo lengua. De mi interior empezaron a surgir palabras, susurros que creía olvidados por falta de uso. A raudales. Seguí sin tocarla. Posé mis labios allí donde su piel permanecía desnuda, pies, brazos, cuello. Los intercalaba con alabanzas y piropos. Ya me abrazaba, en silencio. Le pedí permiso para desnudarla, me lo concedió. Apagué la luz y encendí una vela. Me enamoré.
Me deshice en besarla, cada centímetro de su piel, todo el cuerpo, la lamí enterita, como queriendo absorber algo de su belleza, de su negritud. Yo no paraba de hablar, de decirle cosas. Chupé sus pechos, libé sus pezones y ella me regaló su leche, materna. Era mi primera vez, el probar ese dulce, esa miel que brotaba con cada succión. Ahí ya lloré, de felicidad, estaba en éxtasis. Hipersensible. Era el cortejo a una Pulpul. Así nos dormimos.

"¿No querés haceme el amor?"
No pude. Era medianoche, nos despertamos pegados, no podía soltarla. Me lo pidió como si yo tuviese el derecho a hacérselo. No podía. No buscaba sexo sino amarla, deleitarme con caricias y amorios. No quería más. Se extrañó. Yo también. Jugamos, todo en mi era galanteo y seducción. Ahora sí.

La mañana siguiente, último trayecto a Bilwi, Puerto Cabezas
Nos levantamos tarde, perdimos el colectivo de las seis, agarramos el de las siete, aproveché para fotografiarla, para sacar su primera risa, Me costó. Apenas hablamos, ella intercambiaba la almohada con mi hombro. No conseguía dormir, de vez en cuando acercaba sus manos a las mías, tímidamente, a escondidas. Yo, algún beso furtivo, mientras posaba mis dedos sobre sus piernas o abrazaba sus manos. El colectivo estaba lleno, íbamos a su pueblo y la situación reclamaba discreción. Nos veríamos al día siguiente, en su casa.

Sábado, en su casa
Claro que estaba nervioso, no había hecho nada malo, pero me temía la reacción del padre. Ese mediodía me visitó con una amiga en el hotel. Fue una sorpresa, era su pausa de la escuela. Le confirmé mi asistencia. A las 5.30. Antes, me corté el pelo –dos meses sin hacerlo–, compré una botella de vino para el señor de la casa y un pastel para la familia. Fui bienvenido, conversé con el patriarca mientras ella preparaba la cena junto a su madrastra. Apenas la vi en toda la noche, primero cenamos los hombres, luego los niños y al final ellas, en otro apartado. Luego saldríamos al malecón, con una amiga. Al día siguiente le sugerí que me acompañase a Bluefields. Yo debería pedir permiso a su padre. Lo hice.

Lunes de compras
El día anterior ya le dije que quería regalarle una lavadora automática, no soportaba la idea de que lavara tanta ropa a mano. Me pidió una cama porque con su hija no cabían donde dormían. Acepté. También le regalé una mochila para transportar a su pequeña; otra obsesión mía, ver cargadas a las madres con el niño en brazos. Me supera.

Bluefields blue!
El trayecto en avión vía Managua fue extraño, yo con un catarro que se me centró en los oídos por la presión de vuelo y me dejó sordo por cuatro días, y ella silenciosa, sin demostrar ninguna emoción ante lo que era su primer viaje por el aire. Aún no supe qué pasó. Teníamos tres días para amarnos. La Naikra Tukta no quería abandonar la habitación, poco vi de esa ciudad, salimos para comer, sacar dinero, regalarle un par de cosas y enseñarla en dos clases cómo se maneja un ordenador, internet.
Eclosión de sensaciones. Su cuerpo desnudo, su color, la dulzura de sus gestos. Todo. Estaba absolutamente embobado, ido por tenerla entre mis brazos. Aprendí a decírselo en miskito, que la amaba, Yang amorki. Y la amé, juro que la amé. Allí me contó su historia, la cruda, me hundí y aún la amé más. Me conquistó, con sus miradas, su cercanía. Yang Pulpulki no sudaba pero hubo mucha humedad entre nosotros. Reímos y lloramos. A ella le gustaría cuidarme toda la vida! Inocente! Con las vueltas que da! Para mi, algo insalvable es la edad, y que estoy en transito, y no voy a saber que va a ser de mi vida después, cómo puedo asumir esa responsabilidad. Lamenté no ser más joven, o que yang Kinkaki tuviese 10 más.

Viernes de despedida
Su avión salía a las 9, la querían dejar colgada en Managua, me tuve que enfadar para que el avión de la capital a Puerto Cabezas la esperase. No se quería quedar sola. Estaba asustada, yang Kuktiki, desconsolada, con amargura contenida. Pasó control y una puerta se cerró. No la volví a ver. Mi barco hacia Corn Island salía a las 9.30. Vi su avioneta, unos niños también la despidieron, con sus cometas. Me derrumbé varias veces. Cada uno volvía a su camino. El mío fue tortuoso, el suyo también. Todo duró 8 días. En Bluefields le concedí una beca para sus estudios de un año de duración, similar a lo que cobra un estudiante normal. Se la prolongaré.

Pd: Tengo permiso expreso de NJ para su publicación y he aceptado sus sugerencias. Las imágenes de esta crónica están sometidas a ©, con todo lo que ello significa. Si alguien quiere utilizarlas que pida permiso, por favor.

2 comentarios:

Pristilla dijo...

Un amor así no se encuentra 2 veces, incluyela en tus 60€ diarios y viajad juntos, o cambia tus planes/presupuesto de viaje para incluirla...bien vale la pena por una persona así. Además es su única salida hacía una vida con más libertad, y la de su bebé también. No se topó contigo por nada, hay cosas que vienen del espiritu.
Ama, sé valiente, comprometete...

Jorge Bonilla dijo...

Pristila, amor, que fácil es decirlo. Se trata antes de que encuentre su libertad, aquí, en su medio. Esa es la victoria. Actualmente no puedo hacerme responsable de nadie. Hoy, es así. Pero es cierto, todo puede cambiar. Mañana, p.e., vuelvo a Puerto Cabezas.